domingo, 18 de septiembre de 2022

ORBIT

Orbit es el proyecto del productor alemán Marcel Heym. Limpieza, ensoñación y serenidad son las palabras que a botepronto me sugiere su música sencilla pero cuidada al extremo. Orbit, cuyo primer lanzamiento es de 2020, ha publicado ya 3 eps de 5, 6 y 7 temas y 4 singles. El último de ellos, "Around the world" sintetiza estas y otras virtudes.

Orbit: "Around the world" (single, 2022)


lunes, 15 de agosto de 2022

MAR O MONTAÑA

 

La consabida disyuntiva entre playa o montaña está para mí viciada de origen, porque la playa es sólo una de las facetas del mar. Mar o montaña sería más propio. Pero en mi caso la disyunción no tiene sentido, porque mar y montaña hablan la misma lengua, y un paseo por los acantilados tiene mucho del placer de andar y, en ocasiones, del de trepar riscos. Así que si me preguntaran si mar o montaña, respondería: mar y montaña.

A la montaña fui el pasado domingo 7 de agosto con mi hermano Rodrigo. Hacía tiempo que queríamos subir el Espigüete. Lo hicimos por su cara Este, en un cresteo que regala hacia un lado vistas al pantano de Camporredondo y, hacia el otro, a las cercanas cimas de la montaña palentina y los tres macizos de Picos de Europa. Hicimos cumbre en tres horas y media, sobre las dos de la tarde. Nos sorprendió el número de placas de recuerdo a los fallecidos allí. Vimos el pantano de Riaño, hasta entonces oculto, y, en primer plano, el pueblo de Valverde de la Sierra. La incipiente lluvia nos impidió comer en la cima, y tras las fotos de rigor empezamos a bajar a escape cuando oímos los primeros truenos. La lluvia iba a más y nos tuvimos que refugiar en una visera que forma la pared Norte. En ese momento hubo un amenazador relámpago (como si ante el paso demasiado rápido de un pájaro hubiera saltado el radar del cielo) seguido de un trueno pavoroso que retumbó detrás de la montaña. Cuando amainó reemprendimos la bajada saltando por el pedrero. Terminó abriendo y comimos antes de llegar a la preciosa cascada de Mazobre, bajo cuyo chorro nos metimos con mucho gusto, sin que las puñadas y alfilerazos del agua sirvieran a desanimarnos ante el alivio térmico que la cascada nos brindaba, amén de un bonito momento de fraternidad.

No menos placentera fue la jarra de cerveza con que regamos la garganta en Puente Agudín antes de separarnos (Rodrigo volvía a León y yo subía hasta Celorio). Al llegar a Cervera de Pisuerga vi una enorme nube de agua que se cernía sobre el Espigüete (a la izquierda en la foto), como si vaciaran la cisterna sobre él. Con los días supimos que no era agua, sino humo, y que el incendio que una semana después se sigue cebando con el término de Boca de Huérgano se originó en Valverde de la Sierra sobre las dos de la tarde del domingo 7 de agosto a causa de un rayo: el que sentimos al otro lado de la montaña.

Al día siguiente fui a dar un paseo entre las playas de Torimbia y San Antolín, un tramo de apenas 500 metros pero con mucho que ver. Es curioso que a diez metros de donde se apiña el gentío no pase nadie, siendo los únicos registros humanos los jirones de papel higiénico que dejan los ciudadanos que se ven impelidos a vaciarse in situ. También es cierto que el camino, cabruno y desplomado en algún punto, no es apto para todos los públicos, y menos en chanclas. En el recorrido se pasa por dos preciosas calas de piedra, sólo visibles en marea baja, en medio de las cuales se encuentra el islote Pistaña. Tener toda esa belleza para mí solo como que la acrecentaba. Me esperaba además la sorpresa de encontrarme cabras en la segunda de las calas. Para redondear el precioso paseo, la puesta de sol fue tremenda.



A los dos días fui a bucear a la playa de Barro, por el costado derecho del islote que llaman “la ballena”. En esto del buceo uno es, como en todo, un aficionado. Ni siquiera llevo aletas; sólo unas cangrejeras para pisar la roca si es necesario. Lo que me gusta es ver los colores de las algas, pasar entre las rocas y sorprender a algún pez y, si hay suerte, a alguna nécora en su agujero o a algún pulpo. Vi uno a tres metros de profundidad, posado sobre las algas. Me sumergí y para mi sorpresa se dejó coger con la mano. Era pequeño. Los pulpos son muy inteligentes, pero también muy curiosos, y eso es lo que les pierde. Un pulpo grande no se habría dejado coger así (son los más inteligentes, por eso han llegado a grandes). Debió de gustarle mi compañía, pues se agarraba a mi brazo y subía hacia mi cabeza. Es mejor no tirar de los tentáculos, por la marca que dejan las ventosas, así que le dejé hacer. Me pareció que me miraba a los ojos, como yo a los suyos. Al fin se soltó y se propulsó hacia abajo, momento en que tiró un chorro de tinta.

Dos días después probé suerte en la playa de Niembro. Nada más entrar distinguí en un pozo de arena un pez que me pareció una sepia. Luego vi que no. Era marrón, grande, redondo y plano como una sartén, a excepción de la cola, que tenía tres timones. Tenía una especie de membrana alrededor, como un aura. Estaba acostado a unos dos metros de profundidad. Me aventuré a tocarle. No se movió. Distinguí sus pequeños ojos, y detrás de ellos otros dos agujerillos, seguramente para respirar. Tanteé su tamaño: dos cuartas de lado a lado. Me extrañó su inmovilidad y le agarré la cola. Entonces sí se sacudió, pero sin brusquedad, y buscó protección en una grieta, quedando de costado. Se veía que era torpe. Seguí buceando. El día era perfecto, el agua estaba en calma y gracias al sol los colores de las algas lucían variadísimos. Era como estar viendo uno de esos documentales apabullantes. Vi muchos peces, algunos grandes. De repente tenía debajo al pez de antes, que se movía haciendo ondear su membrana. Fueron unos segundos mágicos. Avanzaba lento y majestuoso junto a los otros peces. Pensé entonces que sería un pez raya, y dudé si era el de antes. Sí lo era, porque regresé a la grieta del pozo de arena y allí ya no estaba. De vuelta al cámping (esta palabra sigue sin figurar en el DLE, por lo que habría que escribirla en cursiva), de vuelta al cámping, decía, comprobé que era un tipo de pez raya llamado torpedo marmorata (por su color similar al del mármol), popularmente conocido como tremielga, o tembladera, un mal nadador que de adulto prefiere aguas más profundas y alcanza el metro de longitud. La sorpresa fue leer que son capaces de producir descargas eléctricas de hasta 200 voltios, si bien en los torpedos pequeños como el que vi oscilan entre los 45 y los 80 voltios. Con ellas se defienden de otros peces cuando se sienten amenazados. Me puedo considerar afortunado, y me prometo ser más prudente en adelante.

Imagen tomada de https://animalandia.educa.madrid.org

Al día siguiente la playa de Troenzo amaneció con niebla y fuimos hasta Sotres. El calor era machacante. Poco después del cruce a las invernales, en dirección a las Vegas, hay hacia la derecha dos canales a las que tenía el ojo echado hace tiempo. La ocasión era pintiparada. La idea era subir por una y bajar por la otra rodeando la Peña Fresnidiellu, pasando junto a un par de atractivas agujas y algunas cuevas. Miré el plano de Adrados. La de subida se llama canal de Lechangos, que termina en el Cuetu de Colladiellu tras salvar un desnivel de unos 700 m. La subida empieza a buen ritmo por las piedras grandes de un argayo, pero al acabar éste y pasar a la hierba el camino se diluye. Al cerrarse la canal el calor aprieta más. Hay que parar y beber a menudo. El final se me hace largo, pero en la collada espera el placer de la vista renovada y un aire vivificador. Tenía la esperanza de que se divisaran la canal de las Moñas y el Naranjo, pero no. Quedan tapados por la sierra que llega hasta Cabeza los Tortorios. Enfrente tengo la peña Maín, con Pandébano a sus pies, y la Terenosa y la canal de Amuesa a la izquierda. A mi espalda, la empinada canal que acabo de subir y, del otro lado del cauce seco del Duje, el macizo oriental. Cruzo hacia la canal de bajada, que no tiene nombre, ni camino. Voy buscando el menor desnivel, evitando las lajas de piedra. Llego a un agujero en la roca, como una gran ventana. De la parte oscura de la covacha sale una polilla gitana; arriba en el collado había visto dos macaones jugando. Son las cinco de la tarde y el calor no se soporta. Llego al coche desmadejado.




sábado, 13 de agosto de 2022

PERLAS PICARESCAS, Y III (VIDA DE DIEGO DE TORRES VILLARROEL)

 

Crieme, como todos los niños, con teta y moco, lágrimas y caca, besos y papilla (…). Ensuciando pañales, faldas y talegos, llorando a chorros, gimiendo a pausa, hecho el hazmerreír de las viejas de la vecindad y el embelesamiento de mis padres, fui pasando, hasta que llegó el tiempo de la escuela y los sabañones.

Desde muy niño conocí que de las gentes no se puede pretender esperar más justicia ni más misericordia que la que le haga falta a su amor propio.

Fui bueno porque no me dejaron ser malo; no fue virtud, fue fuerza.

Empecé la tarea de los que llaman estudios mayores, y la vida de colegial, a los 13 años, bien descontento y enojado, porque yo quería detenerme más tiempo con el trompo y la matraca, pareciéndome que era muy temprano para meterme a hombre y encerrarme en la melancolía de aquel caserón.

En todas edades somos niños y somos viejos.

Creer algo, disputar poco y no temer nada.

Expuesto a los muchos rubores y escaso alivio que produce la limosna.

Asistía a todas las diversiones cortesanas con que tiene comúnmente dementados a sus moradores aquel lugar indefinible. Lograba coche, Prado, comedias, torerías y demás espectáculos adonde concurren los ricos, los ociosos y los holgones.

Para nada me importa que se sepa que yo he estado en el mundo.

Por lo mismo que ha tardado mi muerte, ya no puede tardar.

Estoy en irme muriendo poco a poco, sin matarme por nada.

Aún me hago las cuentas más alegres.


Diego de Torres Villarroel

jueves, 11 de agosto de 2022

PERLAS PICARESCAS, II (EL DIABLO COJUELO)

 

Viene el sol haciendo cosquillas a las estrellas. [Amanece].

Ya comenzaban en el puchero humano de la Corte a hervir hombres y mujeres, unos hacia arriba, y otros hacia abajo, y otros de través.

Hidalgo a cuatro vientos, caballero huracán y encrucijada de apellidos.

Al fin de los años mil, vuelven los nombres por donde solían ir.

Y la demás canalla que toca a la bucólica. [Poetas].

En ese otro aposentillo lleno de papeles y libros está un gramaticón que perdió el juicio buscándole a un verbo griego el gerundio.

Una dama entre nogal y granadillo, por no llamarla mulata.

Camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento.

Y, diciendo y haciendo, se metió por esos aires como por viña vendimiada.

Fueron hilvanando calles.

Las calles de Sevilla, en la mayor parte, son hijas del laberinto de Creta.

El río Manzanares, que se llama río porque se ríe de los que van a bañarse en él, no teniendo agua (…), siendo el más merendado y cenado de cuantos hay en el mundo.

Descansemos un poco, que es mucho pajarear éste, y nos metemos a lechuzas silvestres.

Tendamos la raspa en este pradillo junto a este arroyo, donde se están tocando las estrellas.


Luis Vélez de Guevara

martes, 9 de agosto de 2022

PERLAS PICARESCAS, I (VIDA DEL BUSCÓN)

 

Salí en un caballo ético y mustio, el cual, más de manco que de bien criado, iba haciendo reverencias. (…) No habían llegado a su noticia la cebada ni la paja.

Tuve nueva de que ya era muerto, y no cuidé de preguntar de qué, sabiendo que hay hambre en el mundo.

Todos los que me veían me juzgaban por comido, y si fuera de piojos, no erraran.

Ellos bien debían notar los fieros tragos del caldo y el modo de agotar la escudilla, la persecución de los güesos y el destrozo de la carne. Y si va en decir verdad, entre burla y juego, empedré la faltriquera de mendrugos.

Al fin, llegamos a los túes.

Tan juntos que parecíamos herramienta en estuche.

Gastamos el día en pláticas desatinadas.

Hacíase soldado, y habíalo sido, pero malo y en partes quietas.

Muy a lo dineroso.

Sacaron naipes: estaban hechos.

Nuestras cartas eran como el Mesías, que nunca venían y las aguardábamos siempre.

Acosté a mi tío, que, aunque no tenía zorra, tenía raposa. [Estaba achispado].

La otra no era mala, pero tenía más desenvoltura, y dábame sospechas de hocicada.

Acostáronse, mataron la luz.


Quevedo, por Francisco Pacheco

sábado, 6 de agosto de 2022

JB DUNCKEL, Y II

Aquí destripamos Carbon, el reciente disco de JB Dunckel, uno de los dos componentes de la banda electropop francesa Air. Quedaba pendiente hacer lo propio con sus anteriores trabajos: tres discos de estudio (Darkel, H+ y Mirages) y seis bandas sonoras que subrayan el talento y la versatilidad de su compositor, que en sus trabajos para el cine se ha sabido mantener fiel al sonido “Air”. Me ceñiré a los tres discos de estudio.

Darkel (2006) apuesta por el formato canción, tanto en la estructura más cerrada de los temas como en el protagonismo de la voz, presente en todos ellos a excepción del último, que cierra el disco a modo de plácida outro. Aun así, hay variedad en sonidos y tiempos. Algunas canciones no terminan de arrancar (“Pearl”) y a otras les sucede lo contrario: el exceso de samples o la distorsión llegan a cansar (“TV destroy”). Destaca la sinuosa y vacilona “Beautiful woman”, con una línea de bajo irresistible y una armonía que recuerda a las películas de romanos.

"Beautiful woman"

H+ (2018) suena más fino desde el primero de sus 12 cortes, ya con armonías vocales ausentes en Darkel. El sonido es más “Air”, con una voz casi susurrada y unos arreglos que no se ven venir pero acaban ganando al oyente por los detalles. Sin tener la finura de Carbon, es un disco excelente con todos los ingredientes del french touch, empezando por los paisajes sonoros para la ensoñación. En mi playlist están “Hold on”, “The garden” y el delicioso medio tiempo “Slow down the wind (up)”.


"Slow down the wind (up)"

Mirages (2019), compuesto al alimón entre Dunckel y Jonathan Fitoussi, es otra cosa, lo que se entiende fácilmente cuando hay dos pilotos dirigiendo la nave. Es un disco ambient, con algo de banda sonora. También más libre. A ello contribuye la ausencia de voz y la mayor duración de los temas. En general me parece menos inspirado que H+ o Carbon, aunque también apreciable. Cada cuál encontrará en él sus highlights. Para mí la cima del disco es la sincopada progresión de “Gamma”.


"Gamma"

Hay también que destacar un precioso Ep de cuatro temas (The man of sorrow, 2015) y un peculiar single de media hora (“Hipersoleil 7, de 2018) que refleja la faceta más experimental de Dunckel, uno de los músicos con más talento de su (al menos en lo musical) talentoso país. 


sábado, 23 de julio de 2022

JB DUNCKEL, I (CARBON)

 

Jean-Benoît Dunckel (o JB Dunckel, que es como firma su música) es uno de los dos componentes del grupo francés de música electrónica Air (el otro es Nicolas Godin, quien también sabe volar solo, como en este fantástico “The border”). En paralelo, Dunckel ha ido desarrollando una carrera en solitario cuyo fruto han sido varias bandas sonoras y cuatro lp´s, el último de ellos, el excelente Carbon, recién editado.

En una entrevista para AVClub cuenta Dunckel cómo se gestó Carbon durante el confinamiento por la pandemia, en el que, como tantos, reparó en todo lo que nos sobra. Encontró en el carbono un símbolo de lo realmente importante: un elemento que sostiene toda vida y movimiento, y resiste a cualquier cambio en el espacio y en el tiempo. “[El carbono] es lo más importante en nuestro cuerpo y en nuestra vida, pero apenas somos conscientes de ello”. El disco se mueve entre el ambient y el pop. Los sintetizadores son los protagonistas indiscutibles. Los temas que más se hacen querer son los cantados, en especial “Space”, “Zombie park”, y “Sex Ufo”. Dejamos para más adelante una revisión de la anterior música en solitario de JB Dunckel e invitamos al lector oyente a escuchar Carbon de arriba abajo. 37 minutos tienen la culpa. Mejor si es con auriculares y estando ya la casa sosegada, porque, como declara el autor en la entrevista enlazada, no es la suya música de fiesta, sino para cuando se vuelve de la fiesta y se busca algo cálido que acerque el sueño. Aquí se puede escuchar el disco del tirón. Empezamos:

1.Spark. Tema instrumental cuyos sonidos, a veces armónicos, a veces caóticos, nos introducen enseguida en el ámbito de lo espacial. Su libérrimo desarrollo recuerda a Aphex Twin. Compuesto al alimón con Jonathan Fitoussi, coautor junto a Dunckel de Mirages (2019).

"Spark"

2.Corporate sunset. Sigue el ritmo krautrock típico de la música progresiva. La armonía oscila entre el modo menor y el mayor, que rompe en un contratema luminoso y vigorizante (1:16, 3:26) que llega en el momento justo, cuando ya nos empezábamos a temer un trabajo más conceptual que emocional. 

"Corporate sunset"

3.Space. Una joya que rezuma calidez, con armonías sutiles y melancólicas. Baja revoluciones en el momento justo, tras los dos primeros temas uptempo. Envolventes olas de placer sonoro. Profundidad, delicadeza, ensoñación... Decir más es hacer de menos.

"Space"

4.Shogun. Quizá el tema más “Air” de la colección, con ese bajo que entra en 0:40, que parece tocado por Nicolas Godin. Aquí la influencia explícita es la miniatura musical japonesa.

"Shogun"

5.Zombie park. Otro tema marca de la casa “Air”. La voz de Dunckel y las armonías vocales se ven enriquecidas por el vocoder en una canción redonda que persevera en el downtempo y donde nada sobra.

"Zombie park"

6.Dare. Si aquí o allí resuenan Royksöpp o Daft punk, este tema nos hace acordarnos enseguida de Kraftwerk. La letra incide en la fragilidad de nuestro modo de vida como “reyes del universo”.

"Dare"

7.Sex ufo. Otra delicada ola de placer interno que se reinventa a partir de 3:12, en que se dobla el pulso y vuelve a aparecer el vocoder.

"Sex ufo"

8.Cristal mind. Pieza de aire oriental, como para hilo musical, con un toque a Brian Eno, importante y reconocida influencia de Air y de Dunckel.

"Cristal mind"

9.Natura principia música. Un tranquilo cierre instrumental con algo entre aéreo y acuático.

"Naturalis principia musica"


domingo, 17 de julio de 2022

THE MARY ONETTES, SPOON, TTRRUUCES

 

The Mary Onettes: "What I feel in some places" (single, 2022)

Spoon (Adrian Sherwood reconstruction): "My babe" (single, 2022)

TTRRUUCES: "Sensations of cool" (de TTRRUUCES, 2020)

martes, 28 de junio de 2022

DIARIO DE LIORDES, Y II

 

Escarmentado con la cola que tuve que esperar ayer, aproveché para sacar también el billete para el primer teleférico de hoy, a las 9. El desayuno del hotel está mejor que bien, con fruta, un sobao como un adoquín y dos frisuelos bien ricos, aunque le salían mejor a abu. A la ventaja de estar ya caminando a las 9:15 se suma la energía que aportará tan sólido forraje. Mi intención es subir por la canal de San Luis en dirección a la horcada Verde, si se tercia ascender la torre de Altaíz o el pico San Carlos (o los dos ya que están juntos) y seguir hacia el tiro de Casares para cruzar la canal Ancha, bajar hasta el lago Cimero y volver por Liordes y los Tornos. Tenía la excursión de ayer por aperitivo de la de hoy, pero pronto veré que era más bien al revés.

La canal de San Luis sube cómodamente en dirección a la colladina de las Nieves y la Padiorna. Debo dejarla a mi izquierda para girar en dirección a la torre de Altaíz, que he rodeado. Unos hitos mal puestos me llevan a abandonar la senda antes de tiempo, tragándome el pedrero del hoyo. Habría sido mejor apurar el camino y cruzar a más altura por unas traviesas rocosas. Los pedreros son buenos para bajar (siempre que la piedra sea menuda) pero malos para subir. Al pisar la piedra en la pendiente, resbala. Si bajas, fenomenal: te baja; pero si subes es un esfuerzo doble. Pronto llego a un collado que da a un primer hoyo (o jou, como lo llaman los asturianos), el hoyo del Sedo. Ya se divisa, a la derecha, la horcada Verde, que me recuerda a una de esas ciudades deprimidas y algo dejadas porque no quedan de camino de ningún sitio. A mi izquierda tengo un pico bastante alto cuyo nombre no conozco. Miro el plano. Sólo aparece un punto con la cota: 2356 m. Si subo Altaíz y San Carlos tendré luego que bajar de nuevo al hoyo y volver a ascender en dirección al tiro de Casares.

Me da pereza y decido seguir y olvidarme de estos picos y de la horcada Verde. Hay cierto placer en la renuncia, sobre todo después de la liada de ayer. Llego al collado que deja atrás el hoyo del Sedo y ya diviso la collada Ancha, por la que pasaré, y detrás las Colladinas y el cordal del Friero, y aún más allá el macizo occidental, presidido por el perfil aguileño de Peña Santa de Castilla. Llegar a un collado es, después de hacer cumbre, el mejor momento para un montañero. Se ha salvado un relieve y se ofrece el siguiente, con bajada para empezar. Y esa nueva panorámica nos lava los ojos mientras el aire nos lava la piel.

A mi izquierda tengo el pico sin nombre que antes veía de frente. Lo de sin nombre es un decir. Todo tiene un nombre, o lo tuvo. Este pico es suficientemente alto como para ser tenido en cuenta (mide más que la Padiorna, al otro lado de la colladina de las Nieves) y no le hacen sombra otras cumbres cercanas. Lo ataco en un gozoso cresteo de diez minutos que será lo mejor del día. En la cima hay un precioso buzón con forma de escultura en metal de un montañero. Su placa revela que a otros llamó antes la atención esta ausencia de nombre: “Cumbre del 2000 y pico. 2356 m.”

Desde la cumbre se ve que se podría descender directamente a la vega de Liordes, llegando hasta el camino que baja de la Padiorna y enlaza con el que sigue hacia Collado Jermoso. Pero me apetece pasar por la collada Ancha, que tiene un bonito nevero, así que vuelvo sobre mis pasos hasta el collado de antes, al que sigue un nuevo hoyo. Bordeándolo hacia la derecha llegaría en breve al tiro de Casares. Pero sigo recto en dirección a la collada Ancha por un precioso y cómodo sendero hitado que, pasada la collada, bordea sin perder altura el siguiente hoyo, el de Los Llagus, hasta la primera colladina camino de Jermoso.

Pero mi intención es acortar hacia la izquierda en dirección al lago Cimero, que vi ayer desde la cumbre de torre Blanca. Hay en este hoyo grandes neveros. En uno de ellos, tumbados o sentados, nueve o diez rebecos combatiendo el calor. Son bastante confiados y no se mueven hasta que, a 20 metros de ellos, empiezo a bajar el nevero a saltos en su dirección.

Es llegar al lago y empezar a tronar. Hago una foto rápida y giro en dirección a la arcádica vega de Liordes.

Empieza a llover. Saco el chubasquero y pongo la funda a la mochila. Toca acelerar el paso. El chaparrón dura unos diez minutos, y le sigue un viento fresco delicioso. Al inicio de la bajada por los Tornos, que salva en un decir amén un desnivel de 900 metros, hay una estación meteorológica en la cual se registró en la madrugada 7 de enero de 2021 la temperatura más baja de la historia de España: -35,8˚. Los Tornos de Liordes, que se llaman así por las continuas vueltas del camino, se bajan bien, pero la subida, que no he hecho ni espero hacer, tiene que ser mortal. La senda va pegada a la ladera izquierda del monte según se baja, evitando el argayo central, a la que llaman canal del Embudo. Al otro lado de éste se ven, preciosas, las terrazas herbosas de la peña Remoña.

Por fin conecto con el camino de la Jenduda. Llego al coche a las tres.


sábado, 25 de junio de 2022

DIARIO DE LIORDES, I

 

Dispongo del viernes y el sábado para trotar nuevamente por Picos de Europa. Voy a la zona de Fuente Dé. Esta vez haré noche en un pequeño hotel cerca de Camaleño. El viaje desde Valladolid, de unas tres horas, tiene parada obligada en Moarves de Ojeda y su magnífica portada románica (el interior, a excepción de una pila también románica, no ofrece tanto interés).

Paro en el hotel a dejar las cosas y llego al teleférico sobre las diez. Me espera un caos de excursiones de institutos, ciclistas que pretenden subir con las bicis en el funicular y hordas de guiris lechosos. Toca esperar. Dos horas después estoy arriba. Lo malo es que la última bajada es a las seis, y dudo que me dé tiempo a llegar. Quiero subir la Torre Blanca por el refugio de Cabaña Verónica y la collada Blanca, y bajar por el mismo sitio. Calculo: en Verónica a la una y media, en la collada a las dos, cumbre a las tres y a las cinco o cinco y media en la estación superior de El Cable. Pero estas cuentas de la lechera rara vez se cumplen. No tienen en cuenta las 200 fotos que haré, ni los demorados descansos, porque uno no viene aquí a correr, sino a mirar y admirar, ni las veces que pararé por el placer de consultar el plano si acaso no reconozco alguna cumbre.

En las inmediaciones de Cabaña Verónica, el refugio guardado a más altitud de la Península (2325 m.), aparecen los primeros fósiles, sobre todo de crinoideos (esos que se parecen a los huesos de santo), lo que indica que de esta altura hacia abajo todo era agua. Es el momento de embuchar, y ahí aparecen las chovas piquigualdas, tan atrevidas que casi comen de la mano.

El terreno que sigue hasta la collada Blanca es bastante caótico, con continuas brechas y agujeros que hay que ir salvando, poniendo a veces las manos. Prefiero perder un poco de altura hasta un nevero que llega a la collada y permite seguir un ritmo uniforme. La nieve está en su punto de dureza y da mucha seguridad.

Desde la collada Blanca ya se ve el circo de Torrecerredo, hasta ahora tapado por el Tesorero, y el final de la canal de Dobresengros; también el Tiro Callejo y el hoyo Trasllambrión, con el Llambrión al fondo. Otra parada y un buen trago. La ola de calor se lleva mejor en altitud, pero aunque el aire es más fresco el sol atornilla inmisericorde. Cada poco tengo que beber, y empiezo a dudar de si tendré suficiente con los 3,5 litros de agua que cogí. Remato la subida por la cresta con puntuales desvíos a la ladera izquierda cuando el terreno lo dificulta. En la cima hay dos buzones.

Con sus 2619 metros, la de Torre Blanca, o Peña Blanca, es la cumbre más alta de Cantabria (cima que comparte con León), seguida de Peña Vieja (2617). Las vistas son magníficas, si bien el grupo del Llambrión, Tiro Tirso y Las LLastrias tapan el macizo occidental. Hago el selfie de rigor y la foto panorámica: la cresta de Altaíz, San Carlos, Torre del Hoyo Oscuro, Madejuno y Tiro Llago; la Remoña y la Padiorna enmarcando la vega de Liordes, Torre Salinas, Torre del Hoyo de Liordes y el Friero; más cerca el lago Cimero, y enfrente y a tiro de piedra el Tiro Tirso y el Llambrión; ya a la derecha el Tiro Callejo, la Palanca, la Celada y Puertas de Moeño; y tras el inmenso Hoyo Grande, los Picos de Dobresengros, Cabrones y Torrecerredo, las horcadas de Caín y don Carlos; en primer plano el Tesorero y los picos de Arenizas, y más atrás la Párdida y el Neverón, el Naranjo, los Campanarios, los Tiros Navarros; y ya Horcados Rojos, los Picos de Santa Ana, Peña Vieja y Peña Olvidada. Son casi las cuatro y ya veo que para llegar al último teleférico tendría que bajar a escape y por el mismo camino. Para las pocas veces al año que puedo venir aquí no me apetece andar a la carrera, ni desperdiciar la ocasión de caminar por sitios que no conozco, así que asumo que tendré que bajar por la Jenduda para salvar los 1500 metros de desnivel que me separan de Fuente Dé. Anochece muy tarde y hay que aprovecharlo. Esta resolución me anima a bajar todo tieso por el nevero y luego llegar hasta el otro lado de los hoyos Sengros, que para subir bordeé por el otro lado. Saltando por la nieve parece mentira que se pueda bajar en dos minutos lo que se tardó en subir una hora. Me lo paso como un indio, o mejor como un niño, lo que de niño queda en mí.

Luego sigo a media ladera por la base del Tiro Llago hasta el Tiro Casares. Esta zona es un tanto inhóspita, hay que ir buscando el mejor sitio, pues no hay camino. En ello se pierde mucho tiempo, porque hay que ir salvando las grietas que el agua ha ido labrando en la caliza. Es la parte más penosa del día. Aunque la peña me da sombra, la soledad es enorme, y el terreno incómodo. Se están juntando nubes y nada sería peor que me atrapara una tormenta en la estrecha canal de la Jenduda. Con esto de robinsonear me pasa como con los sacrificios en ajedrez: por uno que me sale bien me salen diez mal. De pronto siento frío en la cara. Sube de una sima con nieve en su fondo, una nieve que llevará ahí siglos. Los Picos de Europa son considerados el Himalaya de la espeleología. Su terreno kárstico ha propiciado que, si existen unos 20 “menos miles” en el planeta, la mitad estén aquí.

Llego por fin al Tiro Casares, por el que se pasa hacia el refugio de Collado Jermoso (mañana haré parte de ese veredero). Desde aquí ya conozco el camino, que enseguida pasa por debajo de la Horcada Verde. La senda desciende por pedrero, pero los argayos la han roto en mil sitios. Han debido de caer unas tormentas tremendas. Los neveros hacen en su superficie unos dibujos circulares que no son sino el relieve del granizo que los creó.

Casi no me queda agua, pero estoy cerca de Fuente Escondida. Paso por una bocamina que se introduce 100 metros montaña adentro (los conté el día que subí el Madejuno). La fuente está tapada por un gran nevero. No tendré más remedio que beber nieve. Retiro la capa más superficial y lleno una cantimplora. Echo la poca agua que me queda y agito. El calor la irá derritiendo poco a poco, al ritmo justo para poder ir dando tragos pequeños. Ya llego a la Vueltona y me cruzo en el camino de El Cable con tres rebecos, los únicos del día. Se distingue bien el tajo de la Jenduda, quizá la canal más estrecha y pindia de Picos (con excepción del final de la horcada de Pambuches). Hay a su inicio un mínimo valle herboso que es una delicia pero que, por la razón que sea, a muchos les parece inhóspito.

Luego el relieve se desploma, pero la bajada es más o menos cómoda si se va pegado a la pared derecha, evitando la piedra menuda. Al final de la canal hay una gran roca empotrada por la que hay que destrepar. La recuerdo de la única vez que bajé antes por aquí, con mi padre, hará unos 30 años. A la precaria cuerda que había entonces han añadido una cadena para agarrarse y escalones soldados a la roca. Salvado ese paso la canal se abre y hay que ir tendiendo hacia la izquierda, abandonando el argayo que la continúa, que da a un desventido, palabra que es sinónimo de “cortado” y que no figura ni en el diccionario académico ni en el Nuevo Tesoro ni en el CORDE ni en ningún lado, y que por eso yo usaré siempre que pueda (la conocí en una placa en Camarmeña). El camino sigue en zigzag hasta unirse con el que baja de los tornos de Liordes.

Con la tontería llego al coche a las nueve, pero tengo tiempo para ducharme antes de cenar. Qué placer, después de una paliza como la de hoy, sentir el agua fresca sobre la cabeza, comer sentado en una silla y no sobre piedra, dormir en una cama. Paseo la cena por el barrio de Lon. Paso un buen rato en el atrio de la ermita oyendo a los pájaros sin más, con un dulce olor a boñiga. Por el balcón abierto del cuarto entra el ruido del arroyo que atraviesa el pueblo. Cuando me tumbo aún entra luz.


sábado, 18 de junio de 2022

GALLINAS QUE ENTRAN

De vez en cuando llega una notificación: nuevo disco de Royksöpp, EP de Beach house, nuevo single de Nation of language. Y nos aguantamos las ganas y esperamos el momento propicio para escucharlos. Luego la mayoría de las veces esa ilusión, esa espera y esa noche en el patio con luna y sin tiempo valen más que lo que escuchamos. Pero siempre son más las gallinas que entran que las que salen. No esperaba ya nada del último disco de Placebo, y lo dejé en la tercera canción; sí lo esperaba del de Likke Ly, pero tampoco. Sin embargo, no hay semana sin sus dos o tres deslumbramientos en forma de canción ni sin su grupo a seguir. El de esta semana serán The legends; y las canciones, de Susumu Yokota, Mega bog y 070 Shake.

“Long long silk bridge”, de Susumu Yokota, empieza como la introducción de El Carnaval de los animales. Pronto entra una base rítmica a medio tiempo que recuerda a la época dorada del chill-out, tan injustamente denostado. Luego entran unas cuerdas que durante un minuto mantienen la música como en suspenso,  a la espera de una concreción de estos brochazos sonoros en una melodía más reconocible. Y esa melodía, que entra en 1:38 y alimenta la base rítmica de la que a la vez se alimenta, es de una sencillez que sobrecoge. Termina el tema de manera un tanto abrupta a los escasos tres minutos, y se pregunta uno por qué no alargarían, con sugestivos cambios en el ritmo, tan encantadora melodía. Yendo al disco se comprende: Symbol es una especie de miniatura en la que Yokota (cuya música, que no conocía, me recuerda a la de Isao Tomita) rinde homenaje a Debussy, Vivaldi y sobre todo Saint-Säens (con samples de obras célebres suyas) en temas que en su mayoría no pasan de los tres minutos.

Susumu Yokota: "Long long silk bridge" (de Symbol, 2004)


“Station to station”, de Mega bog, es una balada cuyo encanto está, una vez más, no tanto en lo que suena sino en cómo suena. La voz casi susurrada, tan al natural que no se la ha tocado en las notas graves, a las que llega mal, se ve apoyada por teclados tan tristones como brillantes. Cortes como los de 1:58 o 3.45 sólo hacen agradecer la nueva caída del tema, y ya acabamos en manos de la canción, sencilla por demás.

Mega bog: "Station to station" (de Life, and another, 2021)

“Skin and bones”, de 070 Shake, alias de la veinteañera estadounidense Danielle Balbuena, me hace no perder del todo la esperanza respecto a la música popular contemporánea. Mis hijas, de seis años, son inevitables víctimas del reggaetón, las chaneles y la indecencia dizquemusical imperante. Dudo mucho que puedan apreciar a Bob Marley, a la Creeedence o a Yes, al menos de momento. “El requetón es la mejor música del mundo”, me restriega con desfachatez Andrea con toda la intención. Sin embargo, con una canción como esta pienso que sí pueden conectar. Es otra balada (llamémosla así), qué coincidencia, con teclados punzantes y nostálgica hasta herir. La letra no es ninguna tontería. “Tú me tratas como si fuera algo más que piel y huesos, y eso cambió mi vida”. Aquí el valor añadido lo aportan los juegos de voces (con disonancias que van y vienen) y, sobre todo, el sabio tratamiento de la voz, que se beneficia de un buen uso (esto es, sin abuso) del autotune y, puntualmente, del vocoder. 

070 Shake: "Skin & bones" (de You can´t kill me, 2022)

sábado, 16 de abril de 2022

MASSIVE ATTACK PARA RANAS

Había escrito un poema y estaba de excelente humor. Salí a pasear por el campo con los auriculares. No recordaba una Semana Santa de tiempo tan benigno. Anoche asomé a las viñas y en el silencio con luna se oían las ranas de don Galo, que no estarán más cerca de dos kilómetros. Con la euforia se me agolpaban las ideas y las imágenes, y pensé lo de siempre, cómo puede ser que tenga cosas como este blog tan abandonadas cuando hay tantos motivos de celebración.

No sabía qué música poner. Me acabé acordando de Massive Attack y pasé el Mezzanine entero. Parece mentira que esta música tenga casi 30 años. Qué sensación imbatible de ir para atrás. Recuerdo haberlo escuchado también de cabo a rabo en un felizmente eterno viaje nocturno en coche, camino de la feria de Albacete, en un verano atolondrado. Qué decir del sonido hipnótico y humoso de este disco cumbre del trip hop, del aluvión de voces, los samples y el bajo envolvente, de la serenidad hiriente de "Teardrop", la fuerza que se desboca y retrocede en "Angel" o el accelerando final de "Group four".

Pero al escuchar "Black milk" me acordé de las ranas de anoche, y luego también en "Exchange", con su propina de grillos. Me los imagino croando y estridulando a su compás.

"Black milk"


"(Exchange)"