domingo, 8 de diciembre de 2019

SALTAR LA HOGUERA, DE RODRIGO OLAY



VISIÓN DE JUEGO Y RESONANCIA


El parque de San Francisco está salvajemente otoñal. Mañana le barrerán las hojas y ya será otra cosa, pero seguirá siendo un poema, aunque con las comas cambiadas. Una pareja de jóvenes se abraza, y nada me gustaría más que escuchar los tópicos que se dicen al oído. Hacia el norte, las lomas de La Candamia anticipan la emoción de toda huida. Hay a mi lado una antología de poesía española del XVIII, parcialmente aplastada por Polizón, que ronronea al sol de diciembre mientras mi padre le llama. ¿Se podría hacer poema de todo ello, el poema de la naturaleza, el del amor, el del viaje, el familiar, el de la propia poesía? Se podría, pero no es fácil. Hay virtuosos del azul, orfebres del amarillo, sensitivos del verde, pero pocos poetas con una paleta multicolor, enriquecida además por mezclas propias e intransferibles.

Rodrigo Olay (Noreña, Asturias, 1989) acaba de publicar un libro, más que multicolor, poliédrico. Por eso no es fácil hablar de él sin dejarse cosas importantes. Unos preferirán al poeta amoroso y viajero; otros –es mi caso– al poeta familiar y al que juega con las palabras, muy en serio, naturalmente. Esos juegos suyos, escribir una cuaderna vía como Berceo o un soneto ajedrecístico como Borges, más que nada agradecimientos de bien nacido, le han podido valer otras veces la fácil losa de epigonal. Si alguien tuviera ahora preparada esa piedra, la tendrá que dejar caer con disimulo.

No creo que sea intencionado que a un soneto en consonante siga un poema sin signos de puntuación, que a uno que encierra con concisión un instante siga otro digresivo, con saltos en el tiempo marcados entre corchetes. No creo que sea decisión, sino consecuencia de quien conoce la tradición –las tradiciones– y ha sabido entresacar lo mejor de cada una para terminar haciéndola suya. Para eso hace falta ser inteligente, pero sobre todo ser poeta. Hay en ello ambición en el mejor sentido y amplitud de miras. Visión de juego, diríamos en modo futbolero. Olay sería ese media punta que hace jugar a los demás, los lectores que agradecen lo mismo la intertextualidad que el hecho de que se les deje entrar en el vestuario y hasta mirar en su taquilla. Sabe que a la emoción sólo se llega, y sólo se hace llegar, desnudando la mirada. Y no tiene que demostrar nada. Si da un taconazo o hace una rabona no es por alarde, sino por el placer de hacerlos o porque era la solución natural de la jugada.


Rodrigo Olay ha conseguido, diríamos ahora en modo musical, un sonido reconocible, y, lo mejor, con una gran resonancia. A un sonido fundamental claro y limpio ha sabido sumar una serie de harmónicos que, lejos de sacar de centro a aquél, lo han dado su timbre característico, con el que puede lograr cualquier color. Es cuestión de resonancia. 

Un paisanu


sábado, 7 de diciembre de 2019

A TODO TRAP-O

Vaya por delante que no me gusta el trap, ni ningún derivado del reggaeton, ni los abusivos afeites del autotune. Pero cuando algo se utiliza en las dosis adecuadas y no como fin, sino como aderezo, puede salvarse. Me pasa con "Ya no te veo", y es por lo que no tiene de trap, por ese estribillo tan tabernero y por la entrada de bajo, batería y guitarra rítmica en 0:37, que tanto recuerda, sí, a Daft Punk. También me gusta esta otra canción de Cupido. Nada me importa la supuesta filosofía de estos grupos y de estos chicos supuestamente inadaptados, porque no veo tal, sólo canciones. La mayoría insufribles. Pero no todas. 

Dellafuente & Novedades Carminha: "Ya no te veo" (single, 2019)

sábado, 23 de noviembre de 2019

G. ALLEGRI: MISERERE MEI, DEUS

Gregorio Allegri: Miserere mei, Deus
The Choir of New College, Oxford.
Dir. Edward Higginbottom
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En esta versión más breve se puede ver la interpretación con el doble coro.

lunes, 18 de noviembre de 2019

RAMÓN CARNICER



“En la cantina de la fonda, con las moscas algo más sosegadas que de día, unos paisanos, tentándose el cogote y las orejas, hablaban pausadamente ante sus vasos de vino.” Así termina Donde Las Hurdes se llaman Cabrera, en el que Ramón Carnicer, leonés de 1912, daba visibilidad, como se diría hoy, al retraso de una de las regiones de su país. Con ese libro, regalo de un amigo, tuve el privilegio de entrar en una de esas pocas voces del siglo XX en verdad únicas y tocadas por la gracia del castellano, como las de Delibes, Jiménez Lozano, Ferlosio y pocos más. Ya no se escribe un castellano así.
Hace unos días me encontré en la preciosa librería Chaminé da Mota de Oporto con otro libro suyo, Las personas y las cosas, una miscelánea que, a modo de artículos de costumbres, disecciona actitudes e inventos, comportamientos y modas, cosas, en fin, de un tiempo, 1973, que a veces nos parecen de hoy mismo y otras, más que remotas, salidas de un sueño. Es inevitable que un libro así, tan pegado al presente, envejezca antes que otros. Pocas chisteras se ven ya en los salones de baile (y pocos salones de baile también); el trámite aduanero en Andorra pasó afortunadamente a mejor vida; y ya no es masiva la costumbre de enviar christmas por Navidad. Sin embargo, ante lo que no caduca, parece que estemos leyendo el periódico de hoy, y nada estorba a la sonrisa en las páginas dedicadas al contrabajo, ya de cuerda, ya de viento (así se conoce también a la tuba), al pormenorizado análisis del estrago pilológico o a la liturgia de los bebedores rituales.
En unos y otros ensayos nos sentimos acompañados por un amigo. Fallecido en 2007, Ramón Carnicer escribe desde una bonhomía desengañada e irónica, pero nunca satírica. Su humor, o mejor, su humorismo, no es de puntazo, sino sostenido. Es el primero del que se sabe reír, y al hacerlo con otros jamás es impío. Su socarronería encuentra apoyatura en una adjetivación de la que es, quizá con Pla, maestro absoluto. Va de ejemplo: “humor muscular”, “maridos garañónicos”, “unilaterales o concordantes premuras eróticas”, “estupendas y concesivas mujeres”, y así. Hay también una gracia muy suya a la hora de insertar palabras de signo objetivo o pseudocientífico en contextos cómicos (“con la animación suministrada por unas libaciones…”) o, a la inversa, de introducir vocablos cómicos en contextos que no lo son (“si bien era devoto fidelísimo del apacible y labriego Hesíodo, no era insensible a las cachonderías de Aristófanes y otros griegos de veta socarrona”). Los neologismos vuelan aquí y allá, tan vivarachos y bien traídos que uno no puede estar seguro de que lo sean, como las ya citadas pilología (que sería la ciencia que estudia lo tocante al pelo), garañónico (relativo al garañón, ese hombre de prestaciones sexuales descollantes) o cachondería. Hay en ello, naturalmente, mucho de poesía: “¿Qué cirujano era capaz de tañer una flauta o de convertir en manantial de arpegios el vientre de una guitarra?” Es, más que la palabra precisa, la palabra inesperada que ilumina; así al referirse a los bañistas de una playa como “multitudes en variable grado de torrefacción”, al relatar que “en cierta universidad española vegetaba hace años un catedrático de química” o al referirse al tráfico de felicitaciones navideñas como “zarabanda postal”.
Reír a carcajadas entre párrafo y párrafo como hacía años, saborear una prosa viva como muy pocas. No se puede pedir más. Empecé citando, seguí citando y termino citando. “Las leyes del honor, del viejo honor español, al dimitir de los escenarios don Pedro Calderón de la Barca, fueron transferidas, con acentuada intransigencia, a estos nobles y graves libadores de nuestras tabernas.” Amén.



sábado, 16 de noviembre de 2019

DIE KATAPULT

En Siglo XXI de Radio 3, cada vez menos soportable, escuché mientras hacía las judías una canción synth-pop muy pegadiza con un aire retro y en alemán, todo muy apetecible. La sorpresa llegó al leer que el grupo, Die Katapult, no es de la tierra de Kraftwerk, sino un dúo de española y sueca que tira de humor y traductor de Google. Eschuchamos el disco, y otro anterior. Había también palabras, más que letras, en francés, castellano, inglés... Las espectativas creadas por aquel tema, "Autokrack", se iban diluyendo. Ya no pensábamos en Kraftwerk y synth-pop, sino en Aviador Dro y tonti-pop, ese subgénero patrio tan irritante. Busqué el vídeo y apareció primero un directo. Se me cayó el alma a los pies. Pensé también, mientras seleccionaba más temas para enlazarlos, cómo podía haber tanta diferencia entre la canción oída en la radio y las demás, a excepción de "Bäckerei digital", otro pepino que no dudaría en pinchar en cualquier fiesta si me diera para esa vampírica segunda vida. Se me escapa por qué alguien que puede sonar realmente bien no se pone en serio y se olvida de ser simplemente (y supuestamente) gracioso.

Die Katapult: "Autocrack" (de DKXD, 2019)

jueves, 14 de noviembre de 2019

DE LA QUEJA PLEBEYA


“Joder tía, hay una cola para el pan que parece que lo regalan.” Es la hora en que los padres acaban de dejar a los niños en el colegio. Nada raro, por tanto. Ella va a lo mismo y vuelve de lo mismo. Parece que no es extraño que ella aproveche para comprar el pan, pero sí que lo hagan los demás. En un alero un pájaro pequeñísimo saluda al aire del primer invierno. Ese no se queja.

domingo, 10 de noviembre de 2019

CIGARETTES AFTER SEX

Después de un primer álbum que llamó la atención de propios y extraños al género dream pop, Cigarettes after sex acaban de publicar un segundo disco, Cry, afortunadamente continuista. Tiene que ser grande la tentación, para un grupo que comienza con éxito, de conseguir más público. Y por otra parte, no debe de ser fácil que todos sus miembros estén de acuerdo en no mover un poco el timón a ver qué pasa. Lo hemos visto últimamente en The XX, quienes, si siempren han sonado mejor que bien, a medida que se acercaban al mainstream han ido perdiendo algo de esa frescura íntima y absolutamente personal de su primer trabajo. Y lo mismo con Beach House, que no volvieron a acercarse a la claridad y calidad del ya lejano Bloom. De Cigarettes after sex se pusieron aquí algunas canciones. De las de Cry tendrá cada cual sus favoritas. Van las mías. Lo importante es que siguen sonando como la seda.

Cigarettes after sex: "Heavenly" (de Cry, 2019)


 

jueves, 24 de octubre de 2019

UN JIRÓN DEL VERANO


La luz ya entraba en la tienda. Me despertaba y volvía a dormirme en intervalos que, pareciendo largos, serían cortísimos, como en el tren. En uno de esos lapsos de semiconciencia advertí que la marea estaría alta, pues el mar se oía de seguido. Pero no fue el mar el que me despertó definitivamente, ni la luz con su pajarera banda sonora.
Fue primero un ruido metálico, voces, silbidos, y después unos mugidos que parecían salidos de las mismas entrañas de unas vacas. Eran los pastores que llegaban para llevarse a los terneros del castro Borizo. Luego los golpes de las pezuñas en el suelo del camión, los berridos de los lechales, el gorigori de las madres. Arrancó el motor y ahí quedaron, junto a la verja, llamando a sus crías todo el día y toda la noche.