
La edición, en la colección Cardinales de Vaso Roto, es ejemplar. La traducción y el prólogo, conciso y sustancial, corren a cargo de Francisco Fuster.
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Al
trabajo le llaman virtud quienes no tienen que trabajar, para engañar a quienes
les hacen el trabajo.
El
pueblo siente más admiración por quien se ha hecho rico explotándolo que por
quien se arruina para servirlo.
Una
revolución es el triunfo de los ambiciosos de abajo sobre los perezosos de
arriba.
El
triunfo de las mayorías no es razonamiento, son empujones.
Engañar
a los hombres, de uno en uno, es bastante más difícil que engañarlos de mil en
mil.
Si
es verdad, como aseguran, que la propiedad es un robo, el día en que todo sea
de todos, todo el mundo será ladrón.
El robo,
si es muy grande, se dignifica.
El
absolutismo es la tontería concentrada. Y el liberalismo, la tontería dispersa.
La pena
de muerte puede ser un buen ejemplo... para el muerto. Si pudiese resucitar le
serviría como experiencia. A los vivos no les sirve para nada, pues todos
piensan que no va con ellos.
Los
regalos que hacen los grandes millonarios a la humanidad no son regalos, sino
propinas.
El
asesino es un héroe al revés.
La
iglesia tiene dos grandes fuerzas: la amenaza y la esperanza. Sin el castigo no
irían los malos; sin el premio, no irían los buenos. Quien duda es carne de
purgatorio.
Decir
"Dios te guarde" a los pobres es enviarles a cobrar a casa de un
desconocido, y sin recomendación.
Para
pedir limosna hay que ir limpio pero mal vestido. El pobre que viste bien no da
pena y el que va sucio da asco. Hasta la compasión se debe inspirar con medida.
La
mayoría de los hombres que se califican de austeros no tienen hambre.
La
austeridad es la avaricia de la virtud.
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