Un autor en la presentación
de su miscelánea, avanzando por el libro en busca de fragmentos que leer:
-Se ve que hay unas páginas que ya no…
Lo dice sonriendo, en un susurro, dando voz al curioso
estupor que todo poeta (y él lo es) siente con cualquiera de sus libros: a su
publicación, todos los poemas valen, a los pocos meses la mitad ya no, y al año
salvaría con suerte dos o tres. Es siempre así, y no pasa nada.
*
Este mismo autor se refiere a nuestro tiempo con una expresión muy justa, propiciada precisamente por ser la época de más fácil
acceso a la información y la comunicación: “impotencia social”.
*
Cuando le doy a firmar su libro, cometo la torpeza
de presentarme. Naturalmente, había pensado: “me conocerá, se declarará lector
mío, nos entenderemos siquiera por un minuto y quedaremos amigos literarios”. Naturalmente, no fue así. Salgo llamándome imbécil. Lo triste es que si no me
hubiera presentado saldría llamándome imbécil por no haberlo hecho.
*
Tomo una cerveza en El largo adiós picoteando a
la vez el libro y un alpiste de frutos secos. Entresaco:
Nadie
me pregunta, pero no dejo de responder. Quiero decir: escribo.
Escribo para perderme de vista.
Siempre fue el tiempo -la época- de otros,
incluso cuando era mi tiempo.
Su gran error -lo ve ahora- es haber
encontrado tolerable la soledad.
Que no se vea el pegamento con que juntaste
los pedazos (¿las astillas?) de ti mismo.

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