Estaba la
plaza preciosa, con su verdín entre las piedras, las yemas de los álamos
reventonas y la fuente pregonando a voz en grito el deshielo de la súbita
primavera. Llegué a sentarme en una terraza, pero tuve la feliz idea de
levantarme antes de que viniera el camarero. No estaría peor en un banco al
lado de la fuente, ni me prestaría más la consumición que pegar los morros a su
caño. “No tan deprisa”, me susurraba mientras la besaba como tantas noches y
días. En ese ensueño de pueblo en la paz del mediodía, con los perros pululando
y los niños en sus mundos, unos y otros ojeados de vez en cuando por sus
padres, se me acercó un pequeño explorador de la plaza. Llevaba una ramita en
la mano. Todo su afán era coger una hormiga. Cuando le pregunté qué iba a hacer
con ella, contestó que mirarla por el microscopio. Preferí no indagar sobre el
método que emplearía para que se estuviera quieta sobre la platina. Sin más ni
más, comenzó a darme una increíble lección de entomología: hay mil quinientas
especies de escorpiones, pero sólo unos pocos mortales; aún así, son más
peligrosos que las tarántulas, que si te pican sólo te pueden dan, decía, un
dolor muy fuerte. Hablaba como un cocodrilo Dundee de ciudad. Me dio la
impresión de que si en ese momento hubiera salido uno de esos arañones de
debajo de una piedra le habría echado mano sin pensárselo. Como en sus palabras
se adivinaba verdadero amor a la naturaleza, le ayudé en su empresa dándole un
pequeño envoltorio que había en el suelo. Lo cerró cuidadosamente con la
hormiga dentro mientras sus padres y otros dos llegaban hasta nosotros. “Ale,
Felipín, nos vamos, no molestes a este señor”. “No me molesta, señora”, le
devolví el cumplido. No sé qué era peor, si el Felipín, lo de señor, el trato
al niño o el cinismo de la mamá, teniendo en cuenta que, si pensaba que el niño
me estaba causando molestia, tardara diez minutos en venir a librarme de ella. Luego
hubo un silencio que pretendía acaso recabar información sobre nuestra
actividad. No dije más sino “Adiós, amigo”, en tanto que Felipe, que ni me oyó,
se iba tan contento con su hormiga, mientras se veía que cavilaba sobre en qué
bolsillo meterla.
miércoles, 8 de abril de 2015
sábado, 4 de abril de 2015
LA CANCIÓN DE LOS SÁBADOS
¿Qué es lo que hace -repito, me repito- que una música, más allá del recuerdo de las circunstancias en que la escuchamos si ya la conocíamos, despierte en nosotros unas determinadas sensaciones, inspire un estado de ánimo, nos traslade a un lugar o a una época del año? Ni de puntillas las palabras alcanzan a donde llega la música. Sólo la poesía puede acercarse y acercarnos. Y no pasa nada por no llegar, como sería necio despreciar a Corelli, Couperin o Telemann por no estar a la altura de Bach, Haendel o Vivaldi; además, lo están en ocasiones. Más difícil sería intentar explicar que la música popular puede acompañar tanto y tan bien como la clásica. Raro será el lector de poesía española que sólo lea a los clásicos y no dedique al menos el mismo tiempo a sus contemporáneos. Más o menos eso intentó decir uno en retorcido soneto:
The Jayhawks, Sigur Rós, Low,
Trentemöller,
Massive Attack, The XX, Paul
Kalkbrenner,
Yo
La Tengo, Interpol, Jeniferever,
Mojave
3, Eels, Kraftwerk, Erlend Øye,
Depeche Mode, Crystal Castles,
Radiohead,
Blonde
Redhead, Piano Magic, Maga,
Max Richter, Junior Boys, Air,
Röyksopp, Apparat,
Van Morrison, Daft Punk, The Radio
Dept.
Sois
de la amistad pábulo, el pan mío
de
cada día, reliquia de amores,
la
razón entusiasta de mis noches,
parapeto
del alma contra el frío.
Más
que a Schubert os debo, más que a Mozart,
Everything but the girl, Clem Snide, Dorian…
La sola mención de cualquiera de los nombres de los cuartetos y del último verso produce en uno la sacudida del reencuentro con un olor amado y olvidado, de mujer o de infancia. Si compara, el poema lo hace por reivindicar la mal llamada música ligera (de ahí su título, "Reparación"), y a uno le hacía gracia esta manera de salir del armario clásico, que lleva vistiendo toda la vida y con cuyos trajes se gana los garbanzos. Como no tengo que convencer a nadie, me limitaré en esta nueva sección a darme el gusto de sacar a escena algunas canciones para mí memorables. Si además sirven -acompañan, emocionan, divierten- a una sola persona más, habrá merecido la pena.
Sufjan Stevens, "Should have known better" (Carrie & Lowell, 2015)
jueves, 26 de marzo de 2015
POEMA DE ANTONIO MORENO
CON
LOS AMIGOS
(Sol en el cuarto)
Que
levante la mano quien no crea
que
hablamos demasiado, me repito
en
medio de la charla, muy por dentro.
Y
claro que nos hace bien hablar
por
hablar y reírnos una tarde,
pues
seguimos, con todo, en esta cumbre.
Escucho
nuestras voces y sus tonos,
sus
cadencias, sus idas y venidas,
y
no puedo evitar marcharme lejos,
pese
a que donde voy no puede estar
más
cerca, en esa luz que se derrama
a
nuestros pies y en todo cuanto pisan.
Con
siete o con cuarenta y siete años
-ha sido siempre igual- viajo a tu extremo
y
nos tratamos sin decir palabra.
domingo, 15 de marzo de 2015
GOTA E HILO
A partir de un poema de José María Jurado.
GOTA E HILO
No puedes poner nombre a la tristeza
cuando es tan clara y pura que
parece alegría
JMJ
JMJ
Spiegel im spiegel, Arvo Pärt
SÍ puedes
poner nombre a la tristeza
cuando es
tan clara y pura que parece alegría:
belleza.
Más: amor.
Gota en la
hoja, tiembla
tu vida este
minuto,
hilo de rama
a rama
se balancea
niña.
Tal vez siempre
lo hizo,
temblar,
balancearse.
Pero sólo supiste ver la gota y el hilo
al sol de
este violín y este piano.
jueves, 12 de marzo de 2015
martes, 10 de marzo de 2015
187
Iba a faltar el alumno de las cinco. Avisó con tiempo,
pero no lo pude apañar para salir antes. Tampoco me disgustaba el regalo de una
hora de asueto a media jornada, teniendo en cuenta la bonanza climatológica y
el caloret. Sin perder un minuto cogí
el Porchia (no, no es un coche nacido de la fusión entre Porsche y Pontiac, el
sueldo de funcionario no da para tanto) y salí del conservatorio con él bajo el
brazo hacia el banco de costumbre, bajo la atenta mirada de una bedel que tomaba
nota. Advertí que, mediado el curso, no había pasado del medio centenar de
páginas. Los de las Voces son aforismos
para rumiarlos despacio, repetirlos entre labios, hablar con ellos, darles la
vuelta como a un calcetín. Hay en cualquier página de estas más de lo que
importa que en todo un ladrillo de los que se empeña en embaularse el
personal. Y en esto, mucho en poco, los tengo por poesía. Algunos aforismos parecen versos
esperando su poema. No pocos de ellos serían finales perfectos, rotundos y a la
vez preñados de vislumbres. Otra idea para un libro… (quizá Juan Ramón, de
haber vivido ahora). Me propongo glosar, siquiera con el pensamiento, el primer
aforismo que marque con doble punto.
187. Qué te he dado, lo sé. Qué has
recibido, no lo sé.
Menos galimatoso que la media, me gusta, pero reconozco
enseguida que es en parte por debilidad, por esa “dulce homilía de la
autoconmiseración” que reprobara Benedetti en uno de sus pocos versos que
recuerdo. Qué buen consuelo habría sido la frase durante aquel tormentoso amorío que nos tuvo
en vilo. La habríamos lanzado como una de esas cuchilladas del poema de
Piquero. Gusano este, por cierto, (no Piquero, ni Porchia, sino el de la autocompasión) que no medra sólo del fruto del amor.
Pero, traspasada la epidermis, el aforismo se vuelve insidioso
cuando, como un bumerán, hace el camino de vuelta: “Qué he recibido, lo sé.
Qué me han dado, no lo sé.” Cuánta buena intención por nosotros despreciada o
directamente inadvertida, cuánta amistad discreta, cuánto buen amor, se
atreviera o no a decir su nombre, cuánta paternidad no menos amorosa. Lo
recibido como un subconjunto de lo dado, y en este, orbitando alrededor de
aquel, como espermatozoides muertos con su amor, tantas palabras de consuelo
por orgullo desdeñadas, tantas palmadas y caricias tenidas por improcedentes,
tantos sacrificios no valorados. Y, como decía Bejarano, otro poeta, no es posible vivir
sin lamentarlo.
viernes, 6 de marzo de 2015
UN PLACER
"Un epigrama bello es cosa fácil, / escribir todo un libro es lo difícil." Pero qué bien salió del paso Enrique Badosa en sus Epigramas confidenciales. Mi ejemplar tiene la gracia añadida de que está dedicado por el autor a un E.R. que repasó su nombre con un bolígrafo del mismo color para hacerlo más visible, humanísima debilidad que habría dado, por qué no, para otro epigrama. Parece este, por cierto, un tipo de poema pintiparado para el pensamiento liberal de este "español de Cataluña" que no duda en tirar contra inquisidores de la lengua y el pensamiento, fumadores, feministas o lúbricas poetisas, casi siempre con finura: "Te has elevado a más de lo que asciende / tu talla muy común de español medio. / Has llegado tan alto que has logrado / añadir casi un palmo a tu estatura. / ¿El vivir de puntillas no te agota?" Aunque suene tópico, sorprende (y se agradece) la vigencia de estas páginas, que apuntan, por ejemplo, contra las papanatadas de la gastronomía, palabra escrita irónicamente con mayúscula, o la omnipresencia del fútbol, en virtud de la cual sus informadores se reputan poco menos que como mediums. Y no creo redundante señalar su vigencia porque, aunque se publicaron hace apenas 26 años, son éstos "poemas de andar por nuestras calles", y es en el cuerpo a cuerpo del día a día donde más se aprecian las canas y las arrugas de lo escrito. Tan sólo las referencias a la dichosa "movida" parecen ya remotas. Si no, lean.
* * *
La amistad es un arte de vivir, / y no
podrás decir que no estás vivo / mientras sepas tener amigos viejos, /
viejos amigos y enemigos nuevos.
Si puedes recordar bellas ciudades, / noches de amor y de amistad y libros, / y no sabes vivir, no me interesas.
Empiezas a encontrar que no te encuentras.
No importa que ninguno te escuchemos, / lo malo está en que todos sí te oímos. / (...) Nos das la buena nueva de tu cháchara, / nunca la bendición de tu silencio.
Porque te cedo el paso ante una puerta / te ofendes y me acusas de machista. / Ya me ha vuelto a engañar mi propensión / a creer que una chica que me gusta / ha de ser tan sensata como hermosa.
Cumpliste tu misión de ser hermosa / y darle nombre propio a la belleza.
La
belleza que ostentas y prodigas / en nosotros y en todos los espejos, /
se te dejó en custodia. Sé paciente: / muy pronto habrás de verte
liberada / del peso de guardar este tesoro.
Te lo dijo de súbito y airada: / no te soporta más, tú no utilizas / su dialecto común de palabrotas. / Lástima es. Hablabais lengua culta / sobre el silencio tibio de las sábanas.
Te lo dijo de súbito y airada: / no te soporta más, tú no utilizas / su dialecto común de palabrotas. / Lástima es. Hablabais lengua culta / sobre el silencio tibio de las sábanas.
En
una misma lengua os adorasteis, / idioma ni del uno ni del otro. / Hubo
la intensidad del grito amante, / tierna etimología de suspiros, /
alguna discrepancia filológica, / los problemas semánticos al uso, /
añoranza de hablar como en la patria, / y formas dialectales del
silencio. / Acabó en lengua muerta tanto amor.
¿Qué es esto de decir Tercera Edad? / Hoy, que se habla muy poco y no se lee, / ¿por qué tanto temor a las palabras? / ¿Acaso es una infamia y un delito / vivir en los inicios de la muerte?
Es difícil andar por estas calles / sin esquivar miradas pordioseras, / falsas o de verdad, y siempre tristes. / Hoy alguien me alargó mi propia mano.
No eres más que uno más entre los mases. / Masivamente solo entre los solos.
Lo sé. Yo soy el raro. No soporto / tu refrigeración, tus decibelios, / tu rocanrol, tu tele, tu tabaco, / ni que te empeñes tanto en confundir / con la vulgaridad la democracia.
Falta prudencia cívica y estética. / ¿No está ya muy contaminado el mar / para que derramemos en las playas / tanto desnudo barrigón y anciano?
Místico del estadio, que levitas / cuando algún jugador se te aparece.
Intelectual del fútbol, exegeta / de la profundidad de la quiniela.
Ya está en orden el caos de este pueblo. / De nuevo somos grandes y triunfales. / Con entusiasmo todos entonamos / el himno patrio: do, re, mi, fa, gol.
Ni Freud se lo podía imaginar: / que de la fase oral y de la anal / pasáramos de golpe y para siempre / a la madura fase audiovisual.
¿De qué hablaremos hoy, si fumas tanto / que apenas las palabras se perciben / entre las humaredas que me espetas? / Boca a boca quería compartir / contigo lo que siento y lo que pienso, / pero monsieur Nicot se me interpone.
Yo tan, tan liberal deseo ser / que ni a un partido liberal me apunto.
No marcarás mis ojos ni mi frente / con el hierro candente de una sigla.
Me inculpas de ser poco solidario, / porque no engroso manifestaciones, / ni gritos de protesta, ni asambleas. / Mi pancarta de voces solitarias / tan necesaria es como la tuya.
Mucho menos me impongas libertad.
Liberal
y demócrata sin siglas, / quiero una aristocracia para todos. / No por
esto yo dejo de sentir / que valgo más que tú, / no tanto como tú, igual
que tú.
Nuestra
moral en esto sí coincide: / en la abominación de dictadores. / Manos a
la labor, eres tú manco y zurdo, / ya que sólo abominas de dictaduras
diestras. / Gracias a Dios, yo empleo mis dos manos.
Con
retórica escueta de brochazo, / decoras las más céntricas fachadas. /
Maestro en libertario silogismo, / razonas que "Anarquía es libertad", /
y aún precisas que "Anarquía o muerte". / Ergo, según tu lógica
macabra, / si no somos anarcos, somos muertos. / Y ni anarcos ni muertos
somos libres.
La ciencia del estilo ya registra / escritura de izquierdas y derechas, / inclusive en un mismo literato. / A más de un pensador el hemiciclo / le produce hemiplejia intelectual.
Aunque tú no me leas, yo te leo. / Gozo de los aciertos que consigues / y deletreo, aprendo y rememoro / la lección magistral de tus errores.
No publican tus versos, y te enojas. / Llevas mucha razón, pues tus poemas / tendrían que grabarse en mármol pedagógico / para que así constase para siempre / lo que nunca ha de hacer poeta alguno.
Si el vino te gustara, como dices, / no lo trasegarías con tal prisa / al deforme barril que te conforma, / ni lo derramarías sin pudor / en tu conversación monologante. / Menos aún dejaras desbravarlo / en la botella rota de tus libros.
Es género menor quien mal escribe. / Quien lee mal es género menor.
Murió de sobredosis de sí mismo.
Para que no lo entiendas, te lo aclaro / al llamarte sombrero sin cabeza, / cráneo licuefactor, alma sin alma, / igual que te podría llamar tonto, / yo no te insulto, no, te diagnostico.
Puesto que la poesía sí me gusta, / ¿por qué me gustan sólo pocos poetas? / Tú no eres muy sutil. Me gustan pocos / porque me gusta mucho la poesía.
No puedes poner música a un poema, / pues ya tiene la suya. Calla y vete.
Cualquier valor que otorgues a mis versos / no me lo tienes que otorgar a mí / más que como a un obrero de palabras / que por sus utensilios siente amor. / Mi mérito es hacer lo que alguien manda, / y no niego que así yo soy más libre, / incluso a veces libre de mí mismo.
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