viernes, 12 de abril de 2019

DOS DEDICATORIAS, I


¿Quién no ha echado de menos un libro, quizá prestado, quizá condenado en una mudanza a cualquiera de las cajas del trastero, quizá delante de sus narices pero invisible? El de Punto y aparte de Miguel d´Ors era, más que un extravío, una pérdida. Sospechando que pudiera estar en León peiné la casa familiar sin éxito. El único ejemplar que vi en internet fue vendido en Todocolección el 10 de junio de 2018 por el muy razonable precio de 27 euros. Alguien se me había adelantado. Perfectamente podría ser ése mi ejemplar, pensé. Supuso cierto consuelo saber que Renacimiento editará la poesía completa de d´Ors. Pero cada libro es cada libro. Mi ejemplar anotado, con su inocente fecha y lugar de compra en la página de cortesía, todo el asombro, la maestría y la belleza de esas páginas y esa edición que tocaron mis manos veinteañeras, esas, no volverán.
Estábamos a punto de salir hacia la estación de tren. Por la razón que fuera, una cesta de mimbre que mi madre había pintado de rojo y en la que guardaba papeles suyos, revistas y algún libro estaba sobre el arcón del pasillo. Pensaba que nadie la habría tocado desde que nos dejó, hace ya 24 años. Siempre me sobreviene ante las cosas de mi madre una mezcla de curiosidad y de miedo a la tristeza paralizadora. Pero terminé por desgranar aquella polvorienta silva. Y allí apareció el libro, con su cubierta de papel negra, sus letras azules y rosas y su gracioso león. No pude dejar de pensar lo de siempre, que mi madre sigue velándome como cuando dormía en sus brazos. A mi padre le faltó tiempo para compartir ese pensamiento y decirme que me lo llevara. Pero a la emoción vino a añadirse la magia cuando abrí el tomo y no vi rastro de mis marcas a lápiz, y luego me encontré con una dedicatoria a mi madre de su hermana Geles. Mi madre guardaba otro ejemplar de ese libro. Qué sentiría al leer sus poemas, qué habríamos hablado ella y yo si la enfermedad no se la hubiera llevado demasiado pronto (siempre es demasiado pronto) es algo que vive conmigo desde entonces. El hecho de que mi tía, madre de Javier Almuzara, tuviera la sensibilidad de compartir lo mejor de lo mejor con mi madre, ya en lo peor de lo peor, me atravesó de una emoción que es también orgullo. Yo no sé qué será eso del honor, pero lo más próximo que imagino es este orgullo de un linaje construido por amor no ya a las letras, sino a la belleza.


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