Una de las voces más prometedoras de la actual música popular española es, para uno, la de Pablo Pérez, Caracazador, joven gaditano que, armado con un simple iPad, empezó a hacer música durante la pandemia. Posee una muy genuina manera de expresar su intimidad a modo de postales sonoras que armonizan nuestra tradición meridional con una producción fresca y moderna donde ganan los detalles (abundantes y sutiles, es la clave). La factura es artesanal, Caracazador nos habla y canta desde su humilde verdad, sin miras que desvirtúen su originalidad. Ese es su valor. No he sentido en ningún momento vergüenza por las letras (cosa que tanto me sucede con la música en español), siendo estas íntimas y poéticas (qué difícil) hasta donde lo permite la música.
Dos LPs, REPÚBLICA (2024) y Marea y plata (2020), y algunos sencillos fuera de álbum pero dignos de él, como "Aún no lo cuentes" o el precioso fado "A primavera", completan una discografía que pronto crecerá, como parece anunciar otro reciente single. Estaremos atentos.
Boards of Canada publican nuevo álbum, y es noticia. Es de esos grupos (dos hermanos, escoceses para más señas) en cuya influencia en la música electrónica de los últimos 40 años todos coinciden, pero que aun así se escucha poco. A mí me fascinan, porque me permiten entrar en otro mundo, o mejor, entrar en áreas restringidas de este. Tiene su música, en ese sentido, algo de telúrico. Algo parecido me proporciona, por otros medios, la polifonía renacentista. Boards of Canada son esa congoja que viene arrastrada de la infancia o de más atrás, preservada en los genes: un misterio hecho sonido, cosa que no me parece nada fácil, lo que consiguen a través de teclados y sintes analógicos, rítmicas muestras vocales (palabra hecha ritmo) o sintonías de programas de radio o televisión antiguos, en un downtempo característico del trip hop, acaso el marbete estilístico en que con menos apuros y estridencia cabría incluir a esta banda tan genuina como inclasificable. Buscar aquí estribillos, siquiera canciones, sería tan corto de miras como, en un libro de versos, buscar poemas y no poesía.
Boards of Canada: "Blood in the labyrinth" (de Inferno, 2026)
No seré yo quien niegue las virtudes del último cine coreano, ni el marbete de boom que se le ha concedido merced a las mejores películas de Park Chan-Wook, Bong Joon-Ho (Memories of murder, Parásitos) o Lee Chang-Dong (Burning).
Del primero, Park Chan-Wook, pongo por delante la magnífica La doncella (The handmaiden), deslumbrante narrativa y estéticamente. De la llamada "Trilogía de la venganza", me quedo con Simpathy for Lady Vengeance, seguida por Old boy y por último, sin ser mala, Simpathy for Mr. Vengeance. Todas estas películas tienen sus escabrosidades, pero a la larga, en manos de un guion que conduce sabiamente el relato, rara vez acaban siendo gratuitas.
La música de las películas de Park es un valor añadido, siempre al servicio de la imagen (también de la trama). Tanto el score propiamente dicho como las piezas tomadas de aquí y allá. El descubrimiento de la canción de este sábado es muy de agradecer. Una de esas músicas para ponerse con auriculares en la cama y acabar de darse al sueño y, con suerte, a esos deliciosos segundos que participan por igual de vigilia y sueño o, se diría gracias a la música, de vida y no vida.
Anónimo: "Mareta, no´m faces plorar" (B.S.O. La doncella)
Así, Henricus Albicastro, era conocido el compositor y violinista alemán (para otros suizo) Heinrich Weissenburg von Biswang (1670-1730). La plétora de compositores de la Edad de Oro de la música hace que las joyas de este autor y otros poco conocidos hasta por los más melómanos (Nicola Matteis, Mondonville...) sean escondidas maravillas a descubrir. De Albicastro se encuentran en Spotify, en excelente versión, sus 12 concerti a quattro Op. 7. Algo menos de gracia (por la plantilla instrumental, no por el fino melodismo y la audaz armonía, por los que Albicastro suena tan italiano) tienen sus colecciones de sonatas para violín (o dos, o tres violines) y continuo. No está sino parcialmente en Youtube su cantata Coelestes angelici chori. Aún esperan ser no ya grabadas, sino siquiera editadas muchas otras obras vocales manuscritas.
H. Albicastro: Concerto a quattro Op. 7 nº 4, III. Adagio
The Notwist son como ese amigo del que hace mucho que no tienes noticia, pero te alegras cuando le ves. Un amigo ya algo desganado, como uno mismo, como todos. Te cuenta sus novedades a su manera peculiar, y aunque a ti te gustan sus historias de siempre lo que te cuenta también es interesante, quizá no tanto por lo que dice como por cómo lo hace, y porque te reconoces en su manera de ser.
News from the planet zombie combina esas canciones lentas cargadas de veneno que sin embargo reconfortan, con, también como siempre, esas locuras con libérrimos arreglos de instrumentos que lo mismo pueden ser una flauta de pico desafinada a propósito que un clarinete (al que tengo especial tirria, pero que aquí está bien), o bien otros que directamente no se sabe lo que son. The Notwist siguen siendo The Notwist, lo que no puede decirse de muchos, verbigracia Morrisey y su último refrito (graciosísimo el caso de su reciente espantada, en Valencia, justificándose en el zurriburri de no sé qué mascletá que no le dejó pegar ojo la noche antes del concierto, como si no supiéramos que no habrá artista ni grupo con más dilatado historial de cancelaciones).
The Notwist han vuelto para hacer lo de siempre, cosa que nunca hacen igual, como ese amigo al que le preguntas qué tal le va y se encoge de hombros por toda respuesta para, tras indagar, sacarle un lacónico "nada grave". Nada grave, como tituló su libro póstumo Ángel González, otro que no daba puntada sin hilo.
The Notwist: "Teeth" (de News from the planet zombie, 2026)
Un autor en la presentación
de su miscelánea, avanzando por el libro en busca de fragmentos que leer:
-Se ve que hay unas páginas que ya no…
Lo dice sonriendo, en un susurro, dando voz al curioso
estupor que todo poeta (y él lo es) siente con cualquiera de sus libros: a su
publicación, todos los poemas valen, a los pocos meses la mitad ya no, y al año
salvaría con suerte dos o tres. Es siempre así, y no pasa nada.
*
Este mismo autor se refiere a nuestro tiempo con una expresión muy justa, propiciada precisamente por ser la época de más fácil
acceso a la información y la comunicación: “impotencia social”.
*
Cuando le doy a firmar su libro, cometo la torpeza
de presentarme. Naturalmente, había pensado: “me conocerá, se declarará lector
mío, nos entenderemos siquiera por un minuto y quedaremos amigos literarios”. Naturalmente, no fue así. Salgo llamándome imbécil. Lo triste es que si no me
hubiera presentado saldría llamándome imbécil por no haberlo hecho.
*
Tomo una cerveza en El largo adiós picoteando a
la vez el libro y un alpiste de frutos secos. Entresaco:
Nadie
me pregunta, pero no dejo de responder. Quiero decir: escribo.
Escribo para perderme de vista.
Siempre fue el tiempo -la época- de otros,
incluso cuando era mi tiempo.
Su gran error -lo ve ahora- es haber
encontrado tolerable la soledad.
Que no se vea el pegamento con que juntaste
los pedazos (¿las astillas?) de ti mismo.
Este viernes 28 de noviembre acompañaré a Aníbal García-Almuzara en la presentación de su primera novela, Zandarok, publicada por Íbera Ediciones. Será en Madrid, en la cafetería-librería Cafebrería Ad hoc, a las 19h. Como decíamos de jóvenes, cuantos más mejor.
Hacía tiempo que no me leía
un libro de una sentada, o más bien de una tumbada. Cuando el libro es de
prosa, buena señal; cuando es de poesía, casi siempre mala. Secreto a voces
viene frontispiciado nada menos que por el Duque de Alba, “de la Real Academia
Española”. Eso y el título, sin un nombre cristiano del autor en la portada. Lo encontré
en una librería de viejo de Salamanca al irrechazable precio de tres euros, y
además dedicado por su autor, encrucijada de apellidos como diría Vélez de
Guevara. Ojeé ahí mismo el primer poema, y comoquiera que no estaba lo que se
dice mal y se veía que su autor sabía lo que era un endecasílabo, lo compré. Ya
en casa, como casi siempre, el entusiasmo cedió pronto. Como dicen ahora, se
desinfló el soufflé. Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, segundo marido de
Cayetana de Alba, nos pasea por París, el Trastévere, Venecia, Oviedo o los
palacios de Liria y Las Dueñas, por donde queremos ver pasar la discreta sombra
de Antonio Machado. Pero a pesar de tanto mariposeo nos vemos lastrados por las
anclas que hunden con frecuencia a la mayoría de los poetas, poemas y libros:
la tendencia a la hipérbole (“porque aúllo como un perro”), la falta de maduración
de lo sentido en lo pensado y escrito (con el agravante de frecuentes rijosidades
vergonzantes de las que ahorro ejemplos), puntuales arcaísmos porque sí,
patentes en forzados hipérbatos; y el uso de palabras antipoéticas (embotar, esmirriadas)
y de otras demasiado poéticas (cruentos, morar…). Con todo, hay 5 poemas
salvables de 29 (bien es verdad que más por la idea que por la realización) y
algún verso que dejo para la afición. (Por cierto, también hacía tiempo que no
publicaba nada aquí. Cada vez que lo hago me doy cuenta de que me gusta hacerlo,
pero luego se me olvida).
[Yo] un niño que cantaba /
para asustar al miedo que ahora siento.
*
¿Por qué hay sol para ellos
y de lluvia / cortinas para mí (…)?
*
La cadera canalla abastecida
/ de un mercado de frutos ambulante.
Tras la congoja por el incendio de Las Médulas, el pánico por el de Picos de Europa (hablo de mi corazón). El orgullo es por los vecinos del valle de Valdeón que han decidido desacatar la orden de desalojo de sus pueblos para luchar contra el fuego. Con sus medios. Solos. La vergüenza, por la ineptitud de unos políticos cuyo trabajo debería ser adelantarse a los problemas y, a no haber sido posible, solucionarlos; no crearlos. Un dato: la Junta de Castilla y León ha reducido su presupuesto en prevención de incendios un 86% en 13 años. Otro: Vox, que condicionó su apoyo para formar gobierno autonómico con el PP a la reducción de las partidas tocantes al cuidado del medio ambiente, en un intento de salvar la cara, denuncia que el gobierno autonómico (del que, repito, forma parte) sólo ha ejecutado el 48,5% del presupuesto anual. Y todavía tenemos que aguantar el descaro de sus dirigentes, los más hideputas de los cuales, como el consejero de pitanzas y medio ambiente Suárez-Quiñones, todavía se chulean al responder ofendiditos, en una comida en Asturias al cuarto día de quemarse el Bierzo y la frontera zamorano-leonesa, que tiene la “mala costumbre de comer cada día”. Ofende también escuchar al presidente autonómico Mañueco diciendo a los afectados que estén tranquilos porque se les indemnizará. Eso mientras se están quemando sus hogares, o antes de que se quemen. Le falta decir que sólo hay que esperar a que termine el fuego, obviando el detalle, quizá para él menor, de que el fuego se consumirá cuando ya no tenga qué quemar. Se piensan que son todos como ellos, yonkis del dinero. Queda sacar al santo para invocar las lluvias, las únicas que pueden ya detener la destrucción del Parque Nacional. Gracias, Isidoro y Gabriel, Pedro y Maite. No estáis solos.
10h. Un último repaso hasta la
inoportuna (todas lo son) reunión de las 12.
12h. La vida es lo que no te
pasa mientras estás en un claustro.
14h. Comida frugal, de pie. Es
maravillosa la facilidad y rapidez con que se resuelve el asunto cuando se está
solo.
15:07. Camino de Palencia, en
una ladera sembrada de cereal hace lobos el viento.
16h. Examen. Disfruto creyéndome
lo bueno que soy, terminando cada pregunta con una especie de conclusión, vendiendo
la moto de ideas satélites cuando los datos son exiguos. Termino con la mano
bailando el dengue dengue.
19:30h. Me comprometí a
meterme hora y media en la caseta de Eolas, compartida con Difácil. No está el
editor. Parece que nadie me esperaba ahí. Está un poeta joven, paisano mío como
yo “en el exilio” (dice). Acaba de editar un libro de poemas y le hace la venta
y contabilidad a H. Tira el anzuelo a algún curioso hablándole de mi diario y
mi penúltimo libro de poemas. Me hace gracia y hago lo propio con su libro. Él
lo hace muy bien, pero, dice, no va buena la tarde, “se ven pocas bolsas”. Nos
queda comprarnos mutuamente. La caseta parece el camarote de los hermanos Marx.
Están también alguien de Difácil y un novelista de la casa. Se para ante los
libros una escritora local que se ve poco menos que obligada a comprarle a este
la novela, pero tiene la cintura de señalar otro volumen y decirle: “pues esta
novela de aquí es mía”. El otro se ve poco menos que obligado a comprársela. Este
gol mutuo hace mucha gracia a mi compañero. Suenan las nueve en el reloj del
ayuntamiento y me despido de él. Tiene que totalizar, me dice.
23h. Noche, patio, luna.
Escucho a Weval. Suenan como nadie, pero les falta la emoción sencilla. Luego
la maravillosa “Gabriel”, de Yagya, y “The phantom of us”, otra que tal, que
envío a F. y A. Pienso luego, a cuenta de otra cosa, cómo las nuevas
tecnologías ponen de relieve la escasa formación emocional de la gente.
0h. Me ducho. Un masaje en
la cabeza sacude ciertos pensamientos mezquinos. Resuelvo ver la segunda parte
de un partido de baloncesto. Polizón se sube a la cama y apoya su cabeza en mi
barriga. Potente ronroneo. Se me ocurre escribir todo esto, y en ello estoy
cuando oigo salir por los auriculares música de viento (de fanfarrias
malagueñas cuando ataca el Unicaja y de varias docenas de silbidos cuando ataca
el Barça). Intuyo que disfrutaré más con estas chuscadas del público que con la
victoria de mi equipo, que ya sé que ganó de 4 a pesar del calamitoso Satoransky.
Tengo entonces la sospecha creciente de que las fanfarrias puedan estar
grabadas, porque por muy disciplinada que esté la charanga me parece imposible
que acaben tan a la vez sin que un trompeta haga un tirirí. Me río mucho con la
selección musical, sobre todo con el extemporáneo “Pinocho fue a pescar al río
Guadalquivir” y con un jingle cromático descendente cada vez que Willy
Hernangómez, otro pufo, falla un tiro libre, lo cual sucede a menudo.
1:30h. Dejo por fin el
móvil. Escribo, también en la guarda trasera de Flores del Bierzo lozanas y
mustias, un aforismo: “A dios le salió mejor el poema de la infancia que el
de la vida adulta”. Hay también anotadas cuatro preciosas expresiones de ese
libro: “rascar la lengua” (por hablar), “poner los huesos en punta” (por
levantarse) y dos referidas a la ebriedad (“mojar la palabra” y “centinela de
la bota”). Cierro y apago todo para volver a comprobar que, entre tantas cosas
buenas, no hay ninguna que lo sea tanto como dejar en paz a la cabeza.
Marchando una de autobombo. Enlazo el vídeo de la conversación con Pedro Ojeda en la casa museo de José Zorrilla con motivo de la presentación de El cielo sin caminos. Parece que se puede ver aun sin tener Facebook cerrando la ventana emergente.
Este miércoles día 7, a las 19:30 h., Pedro Ojeda y yo conversaremos en la casa de Zorrilla de Valladolid sobre poesía y otros desatinos, y leeré poemas de El cielo sin caminos. La charla será retransmitida en directo por el facebook de la Casa-Museo Zorrilla. Los asistentes recibirán como diferido regalo la visita en sueños del fantasma del vate (Zorrilla, no yo), quien le recitará versos que, quizá esta vez, resucitarían al mismísimo Larra.
Vuelvo
de Zazuar por la carretera nacional, que llega a León más recto que la autovía,
y además lleva más primavera. Aranda, Tórtoles de Esgueva, Magaz, Palencia,
Villalón de Campos y Albires, donde conecta con la Valladolid-León (o
Gijón-Adanero). Todo está a punto: el campo en rompimiento de verdes, el
atardecer de hora y media(lato sensu), y a mi disposición todas
las músicas del mundo. No sé los años que hace de la última vez que pasé por
aquí. Es la misma carretera por la que volvía, en el año 2001, cuando
completaba mi jornada en la escuela de música de Aranda. Entonces mi corazón
viajaba nervioso hacia I.; dos años después viajaba, también nervioso, desde S.
Escribí entonces un indefendible poema sobre esos viajes, en el
que decía que iba escuchando en ellos, uno detrás de otro, los discos de Pat
Metheny. Pienso qué sonidos quiero que se acomoden a mi soledad de hoy. Pruebo
primero con la radio. En radio 3, unas guitarras atronadoras. En radio 2, una
soprano desquiciada en una de esas arias de lo que se dio en llamar, a saber
por qué, “bel canto”. Pongo una de esas listas eclécticas de Spotify, pero me
conozco y sé que corro el riesgo de ir agobiándome por la sensación de estar
desaprovechando el momento especial. Pone todo en paz “Encounters at the end of
the world”, de Thomas Feiner, que paradójicamente es de esas canciones que te
ponen en congoja, como alguna de Jeniferever o Efterklang. Sigo con la radio de
esa canción. La alfombra amarilla de la colza mejora esta música en cuya
profundidad siento un leopardiano dulce naufragar, como con “Vile of white”, de
Trentemøller.
Thomas Feiner ("Encounters at the end of the world", single, 2020)
De vez en cuando bajo la ventanilla. El olor y los sonidos de la
pajarada son sediciosos. Paro a mear a la salida de un pueblo, junto a la tapia
del cementerio. Mis pensamientos me hacen gracia: esto es lo que necesitaba,
qué gusto, me estoy follando a mi propia meada. De vuelta al coche me imagino a
dos huéspedes del camposanto soltando ajos bajo sus lápidas: “Ya podía ese mear
a la puerta de su casa”. “Ya te digo, qué asco”.
Se puede decir que ya es de noche. Necesito una música más cálida,
algo que ya tenga raíces echadas en mí, mejor con voz. Feliz idea: “The melody of a fallen tree”, de Winsord of the derby, que siempre me lleva a The radio
dept. (la banda sonora de María Antonieta tiene la culpa). Echo a rodar
su último disco, Running out of love, de un ya lejano 2016. Un grupazo,
The radio dept., y un misterio, como el toque secreto de un cocinero, la manera
como filtran la voz, en lo que tienen algo de Pet shop boys (también en la
rítmica, como en “We got game”). Incluso los temas que parecen menos afilados
se sacan de repente, en el minuto dos o tres, un teclado, una armonía vocal, un
puente que dan “el esperado susto”, como el delantero que se saca un gol de la
nada. El colchón de fondo de “Occupied” me recuerda a Twin peaks. Y así voy tirando
de estas cerezas enganchadas hasta que llegan dos canciones seguidas que me
recuerdan por qué, además de por sonar mejor que nadie, me gusta de verdad este
grupo, “This thing was bound to happen” y “Can´t be guilty”. Y es por una
especie de frescura indefensa, una ingenuidad, un toque naif que nos ganan por
lo sencillo, como un río por sus recovecos y sus remansos de paz.
La realidad, lo que llamamos
realidad, pone un velo sobre lo real real. Por detrás de él se siguen
viendo la cama, el árbol, la lámpara. Pero no vemos el alma de esas cosas, no
escuchamos lo que nos dicen. Quién sabrá mirarlas de igual a igual, acompasar la respiración a su respiración sin sentir que le falta y a la vez le sobra aire, como al sacar la cabeza por la ventanilla de un coche. Quién se detendrá el tiempo
suficiente para entender que las cosas son siempre más de lo que son.