lunes, 20 de noviembre de 2017

UNA BENDITA LOCURA

Ni un chisgarabís ni un payasete. Quien comparece hoy en La canción de los sábados que son domingos por la noche que son lunes es lo que se dice un musicazo. No necesita más que un micrófono, un sampler, una canción prestada y su imaginación. También, claro, su voz y su boca y lo que hace con ellas, como ese solo de trompeta (a la que confunde graciosamente con una flauta travesera) o esa exibición final de beatbox (buenos trucos, diría uno de su cuerda). Las dos botellas son casi por adornarse. Como el sombrero.  No es sólo que se te ocurra, es hacer que suene así. Y todos happy.

Daichi: Perf. "Happy" (Pharrell Williams)

sábado, 18 de noviembre de 2017

LA VIDA COMO RUIDO




Espero al atardecer para salir a pasear. Pongo, por inercia, los auriculares. Me apetece escuchar otra vez “Run”, de Sistema, que he encontrado por sorpresa en Spotify. Termina la canción y desconecto para poder conectar con lo demás. Las viñas han cambiado la piel del otoño, que oscila como en una granada entre el flavo y el escarlata, por el ocre uniforme que trajeron los hielos. Atardeceres de otoño… Camino hacia un perdido donde alguna vez cogí setas de cardo. No hay. Tampoco, dicen, níscalos. Raro sería, setas sin agua. Los tapaculos acopian las últimas ascuas del sol. Los pájaros se han recogido. Sigo hasta la era. Tiradas en la hierba, las porterías, huérfanas de goles, parecen más grandes en su desamparo. Cruzo la carretera y me siento en un banco iluminado por una farola. Saco un papel del bolsillo. Un mes largo buscando una palabra. Un adjetivo. ¿Y qué diferencia habrá entre ese poema que no puede volar y un niño muerto dentro de su madre? Y seguiremos dando vueltas a los sucesivos calcetines de ese adjetivo, el nombre al que da aliento, la idea que sustenta a ambos. Y cuando hayamos resuelto algo, volveremos al cabo de unos meses, cuando ya lo tengamos lo suficientemente olvidado, a ese poema para acaso comprender que no vale, por rebuscado, por artificioso, por “poético”. Sale del Spar el tendero con un cliente. “Me cago en Dios con la empacadora de los cojones.” Subo hacia el parque. Hay por fuera unos bancos apartados que dan buena sombra en verano. De la chimenea de la casa más cercana sale un humo pensativo. Tal vez, fantaseo, él me dé el adjetivo. De hecho, pensativo… De repente, una música y un fade in de juveniles voces. Unos golpes, como si alguien partiera a las bravas nueces o avellanas. Risas. Gritos. La vida como ruido. ¿Pero no puede ser también la vida ordenada, apacible, silenciosa? No escribo y falta algo. Escribo y me hace bien y falta algo.



martes, 7 de noviembre de 2017

LO QUE EN PLAN


“He echado lo que es una cucharada”, contesta mi suegra al preguntarle si ha añadido tomate a la salsa. Y si alguna salvación tenía el dichoso “lo que”, que me ha parecido bien como dosificador, había de llegarme por boca de ella. También, todo hay que decirlo, pegan en el pueblo sus patadas, pero cuando aciertan qué belleza. Como cuando dice mi suegro de alguien al que se le ha ido la cabeza que no sale el sol para él, o de alguien feo que es difícil de mirar.

A lo que no encuentro salvación posible es al aún más dichoso “en plan”, con el que me tienen frito los alumnos, sobre todo los adolescentes. Lo utilizan antes de un ejemplo casi siempre innecesario. Yo se lo afeo, indesmayable, cada vez, pero siguen en plan... Al menos ya se dan cuenta y se disculpan tras cada reincidencia. Ya es algo.

martes, 17 de octubre de 2017

MISTERIOS

Esos poemas nuestros que nos convencen menos a veces son los que más gustan. Ya se sabe: mil veres, mil pareceres. Por eso hay que darlos. No todos los niños van a salir rubios con los ojos azules. Y también hay quien prefiere los morenos.

sábado, 14 de octubre de 2017

SPARKLEHORSE


Mark Linkous es el multinstrumentista que escondía su talento tras el nombre de Sparklehorse, banda inexistente como tal (siempre fue él con unos pocos colaboradores). Con su primer disco, Vivadixiesubmarinetransmissionplot (1995), llamó la atención de Radiohead, que le propusieron telonearles. Fue durante esa gira que, tras mezclar heroína, valium, alcohol y antidepresivos, Linkous permaneció catorce horas inconsciente en su habitación, con las piernas inutilizadas por el peso de su propio cuerpo. Ya en el hospital sufrió un paro cardiaco y los médicos le dieron por clínicamente muerto. A los dos minutos despertó, y aunque en silla de ruedas y tres meses después, salió de aquello, firmando otros tres discos en siete años y dos más en colaboración con otros pájaros raros como Danger mouse y Fennesz.

Linkous fue evolucionando del folk-rock raruno de sonido noventero a un pop electrónico con cuidados arreglos que lo emparentan con Eels o Clem Snide. Los contrastes entre temas de un mismo disco son tremendos. No podía, o no quería, estarse quieto en ningún lado. Las canciones más tranquilas, como este "Spirit dicht" que parece de cristal, se ven de repente enturbiadas por disonancias o interferencias. En "Cow", cuando parece que la canción va a terminar, a los tres minutos y medio, empieza una especie de improvisación sobre lo mismo que parecería una toma de grabación a descartar en la que no se sabe cómo concluir. Y el caso es que seguiríamos con ese rondón otros siete minutos. La fragilidad de la voz, como la del personaje, cautivaba. Ahí la fuerza de Sparklehorse, en su malhadada sinceridad. Y en que iba en serio. En 2010, Mark Linkous se suicidó disparándose en el corazón. 

 Sparklehorse: "Spirit dicht" (de Vivadixiesubmarinetransmissionplot,1995)

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jueves, 12 de octubre de 2017

POEMAS PEQUEÑO-BURGUESES DE JUAN BONILLA



Qué bueno es eso de que un libro que nos parece que está bien acabe estando muy bien, como se dice de estos Poemas pequeño-burgueses en Rayos y truenos. Me pasa con los poetas a bocajarro como él o José Luis Piquero. Enseguida ganaron mi simpatía detallazos como "el gol de Koeman", "el coñazo de Aleixandre" o esto de que “En mi favor cabrá decir al menos / que nunca, nunca, nunca / me referí a mí mismo en tercera persona.” Sobre los poemas, si a Máiquez le entusiasma “Mateo, 19, 24”, que está muy bien, yo prefiero “El día de regalo –borrador de un poema-”, “Epitafio de cualquiera” o “Paréntesis”.

También “La realidad no es todo lo que hay”, por este verso redondo: “que eres un yo que me hace tú a mí mismo”; y por el final: “Por debajo la sientes, vibra y fluye, / ajena al tiempo, nuestra vida.” Es manía mía preferir el endecasílabo para el último verso de los poemas, por parecerme más conclusivo. Así que habría terminado (qué morro esto de que te den el poema hecho y sólo tengas que glosar un verso, que es como comer a mesa puesta y mover un poco el vaso, por manía también): “Por debajo la sientes, vibra y fluye, / ajena a nuestro tiempo, nuestra vida.” O mejor aún: “Por debajo la sientes, vibra y fluye, / ajena a nuestra vida, nuestra vida.” Claro que Juan Bonilla es de los que parecen evitar lo convencional poético, como pueda ser el juego conceptista o una métrica adormecedora. Dicho esto, olvídese la especulación y quede la recomendación.

martes, 10 de octubre de 2017

domingo, 8 de octubre de 2017

SUEDE

 
Suede fue de esos grupos que tuvieron, como suele decirse, el mundo a sus pies, que es casi lo peor que le puede pasar a nadie, como se vería. El choque de egos entre Brett Anderson y Bernard Butler se saldó con un parón de siete años y la marcha del grupo del segundo. Eran los años del Britpop. Ante el supuesto duelo entre Oasis y Blur, ellos iban a lo suyo, que era sacar singles que de inmediato se convertían en himnos para toda una generación, la de los 90: Animal nitrate, Beautiful ones, Trash... Pero es su vena sentimental, a menudo maltratada en unos conciertos generosos en payasadas, la que les convertía en otra cosa. Véase Everything will flow o este Saturday night con su final glorioso. Si alguien con 20 años ha escuchado ese juego de voces sin emocionarse es que iba para registrador de la propiedad.

Suede: "Saturday night" (de Coming up, 1996)

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Aquí en directo.

miércoles, 4 de octubre de 2017

LAS ILUSIONES




Estaba la tarde muy mala para vendimiar, con un calor pesadote, sin pizca de aire. Ya no sabía si era mejor quitarme la gorra o dejarla puesta. Con el sol mayormente en el cogote y la visera hacia atrás, era escoger entre cangrejada en el occipucio o sudada caribeña. No está bueno el año. Mi suegro lo advertía cada vez que le preguntaba. “Buah, de esta… nada”. Como es la canción de cada año, yo no me creía una palabra, pues sobre el terreno, puestos en faena, siempre acabo oyéndole: “Pues el caso es que no está mala la viña, hay buenos racimos, sí”. Pero esta vez iba en serio. Donde el año pasado cogimos 9 cajas, este sacamos 2. La causa, una helada pavorosa en mayo y la falta de lluvias.
Éramos él y yo mano a mano, y eso lo hace menos entretenido. Que se cogiera menos uva no lo hacía más descansado. Al contrario: coge el canasto medio lleno y pósalo junto a una cepa con dos colgajos, vuelve a cogerlo hasta la siguiente, con medio racimo, y a posarlo, y así. Tampoco es cuestión de dejar los colgajos, pues si ya hay poco y no se cogen…, a más que “cuatro colgajos hacen un racimo”. Para más inri, los tallos estaban verdes, con lo que había que usar el garillo, lo que lo hace más lento. Y no me quejo más, que veo que mi suegro me está inculcando el fatalismo amarrategui del hombre del campo.
Yo tenía esa tarde una ilusión. No quería pensar en ello, pero esperaba una llamada. Sin embargo, a cada linio que caía iba viendo que no sería para mí. Entonces sonó el teléfono. No era la llamada que esperaba, pero daba cuenta de otra más limpia ilusión. “Sergio, hola, soy Clara”. Era mi alumna, esta alumna. Estaba eufórica porque le habían propuesto cantar con la guitarra algunas de sus canciones como telonera de un grupo. Llamaba por si me apetecía ir. Al guardar el móvil en el bolsillo, vi que había en la cepa que estaba vendimiando un pequeño nido con dos huevos sin abrir. Era una obra perfecta. Absorbido por mi preocupación, estaba cogiendo las uvas sin advertir en aquella maravilla que tenía a unos centímetros, en ese poema redondo. Qué derecho tenía a quejarme, yo que ya me daba a la dulce homilía de la autoconmiseración, ante aquellas dos vidas malogradas antes de ver la luz, ante tantos anhelos ahogados. Ahí había un poema, qué duda cabe, y vi entonces que no vale menos un poema que un libro.