domingo, 17 de septiembre de 2017

LA VIDA DE PUNTILLAS



Pasó el verano como pasaron otros, como pasa la vida, de puntillas. (La vida de puntillas, qué buen título si tuviera buen señor, casi tan bueno como La vida a medias). Y en fin en fin, pasando de todo, no pasó nada. Una de esas nadas fue la fuga de Ramón, el periquito, acaso en pos de los levantes de la Lola, su pareja, que le mostró el camino dos años antes en ese mismo lugar. Fue luego un encaramarse a tapias y saltar muros durante horas bajo una lluvia intermitente; un aguzar casi prehistórico del oído por distinguir entre el vergel de silbos del serano el de nuestro amigo; fue, en fin, como amargo pago a mi insistencia, la postrera visión del pajarillo, tan tranquilo entre las ramas de un aligustre, en el patio de una quinta deshabitada. Me acerqué y le hablé. Me reconoció y también me habló. No había envanecimiento en sus palabras, sólo emoción. No sabes lo que es esto, parecía decirme. No lo sabes tú, le respondí: la vida mata. El milagro de haber dado con él a dos manzanas de nuestro patio me hizo confiarme. Tan a la mano estaba que creí que se avendría a ella y a su vida anterior, su vida a medias, la única que nos es dado vivir a todos. Con la alegría de haber dado con él no fui consciente de que no tendría una segunda oportunidad. Mi mano se acercó lenta, y entonces Ramón se elevó sobre unos chopos altísimos con un vigor que jamás habría sospechado dados sus gallináceos vuelos por el salón, ya uno más de aquella algarabía pajarera en el recreo infinito del verano. Lo demás, pena grande: acecho sin fruto, aguacero sin perdón y noche sobre noche sin más esperanza que aquel consuelo leído cuándo, dónde: “Y morir es otra cosa de lo que todos piensan, y más feliz”. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

HÍBRIDOS

Hay grupos de trayectoria sinuosa, bandas cambiantes, y mucho, de un disco a otro. Es, a veces, la única manera de seguir, y más cuando hay que aunar las voluntades de varias personas. Los tres grupos que traigo este sábado, Hooverphonic, Archive y Quantic, comparten esta facilidad para cambiar de piel, de lo ambiental al dub (el toque jamaicano), de lo jazzy o un hip hop que podríamos llamar (por salvarlo de la actual machaconería reinante) moderado, siempre por debajo de la base instrumental y al servicio del sonido. La etiqueta que más fielmente podría englobar a estos grupos sería la de trip-hop, donde reina la dupla Massive attack-Portishead. Sobra decir que las comparaciones son ociosas.


Hooverphonic: "Inhaler" (de A new stereophonic sound spectacular, 1996)


Archive: "Beautiful world" (de Londinium, 1996)


 Quantic: "Time is the enemy" (de The 5th exotic, 2001)



sábado, 9 de septiembre de 2017

DIARIO DE MADEJUNO... Y III



Desisto de mi idea inicial de subir el pico Cabrones y volver a El Cable por la horcada de Don Carlos y el collado de Horcados Rojos. No las tengo todas conmigo respecto a esa subida, y menos después del reciente rescate de una montañera en los cercanos picos de Dobresengros. Iba, como yo, sola, y así es todo más delicado. Voy a volver por los hoyos Sin Tierra y de los Boches. Luego, si lo veo bien, subiré los Urrieles camino del Tesorero, y tal vez el Madejuno, al que no pude ascender el primer día. El tiempo es bueno y salgo temprano. Paso cerca de unos cuantos grupos de rebecos, lo que es siempre una alegría. Llegado al Jou de los Boches, en vez de subir al collado de Horcados Rojos por el camino directo, tomo el de la derecha en dirección al pico Tesorero.
Subo bien hasta que me acucia una íntima inquietud que ya me había escarabajeado el día anterior. Pero la idea de vaciarme en las letrinas del refugio me resultaba por sí sola astringente. Ya el olor al entrar a los lavabos despintaba al más pintado. Iba intuyendo que tal vez no llegaría a la civilización, esto es, a un retrete como Dios manda, aunque fuera público (cosa a evitar si se puede), pero ello no me apuraba. No sería la primera vez que esparcía mis flores por el campo. Desde luego, no resultará tan sencillo como en las excursiones al río, cuyos suaves cantos parecen haber sido pulidos precisamente para limpiar ahí. Subo pensando en los detalles de la maniobra. El monólogo interior a que ello da lugar es más surrealista que escatológico. Para empezar, y dado que no tengo pañuelos, debo encontrar algunas piedras lo más lisas y redondeadas posible que quiten lo mayor (el gayumbo hará el resto). Pero en este terreno kárstico, y será por piedras, son todas lo suficientemente afiladas como para que quede el culo hecho unos zorros. Mi creciente inquietud cede cuando topo con un providencial nevero que me facilitará tremendamente el antes, el durante y el después. Escarbo con el pie un pequeño hoyo y sin tiempo que perder me agacho murmurando para mí: “Seré breve”. Ya sólo falta tapar la obra y hacer una bola que dejará mi albañal como los chorros del oro, amén de bien fresquito. Y en este punto me importa añadir que si algún finolis se viera tentado a llamarme guarro, le diré, si es por el cogollo del asunto, que la operación no pudo hacerse de manera más efectiva y pulcra; y si es por dar noticia de él, que no faltan en nuestra mejor literatura, incluido el Quijote, estas flos campi (y me remito a la Historia de la mierda de Canseco que cita don Rodrigo Olay en la bibliografía de Cerrar los ojos para verte).
Me despido y sigo hacia los Urrieles, tres pequeñas cimas de caprichosas formas, al inicio de la cresta Norte del pico Tesorero, que delimita las provincias de Asturias, Cantabria y León. Su panorámica es de las mejores de Picos de Europa. En el buzón de cumbre hay una tarjeta que parece escrita por un niño, con dibujos, chistes y un resumen muy simpático de la subida. Ruega a quien la encuentre que la reenvíe a una dirección. Imagino su ilusión. Era emocionante llegar a una cima y, donde no había buzón, buscar entre las piedras un tarro o un carrete de fotos con la tarjeta de un club de montaña o un papel cualquiera de un montañero con sus señas, a las que escribiríamos devolviendo la tarjeta y contando nuestra subida, dejando a su vez en el mismo lugar nuestro testimonio.
Como aún es la una y me noto bien, decido llegar a Cabaña Verónica y tomar el camino hasta el Tiro de Casares para intentar subir el Madejuno. Casi al final de esta senda, que durante una hora va salvando un terreno un tanto caótico de hoyos y simas, me desvío hacia el Tiro Alto, de donde nace una gran grieta o llambria con un par de trepadas que sube unos 40 metros en diagonal para desembocar en una canal muy corta pero incómoda por la inclinación y la piedra suelta. Arrimado a una de las paredes que la encajonan, llego a la horcada, ya en la cresta, desde la que se ve la otra vertiente: Remoña, Padiorna, el cordal del Friero, Llambrión y Palanca, y detrás los palentinos Espigüete y Curavacas. Miro un par de minutos la corta pared que me separa de la cumbre, fijándome en cada apoyo y agarre: primero pie derecho aquí, mano izquierda aquí, mano derecha aquí… No es una subida difícil, pero sí lo suficientemente aérea como para requerir toda la atención. Es un pico con cierta aura mítica (aunque más por la ascensión por la otra cara, la Sur), y eso también impone a quien no la ha subido antes. Como algo en la cumbre y observo que, como de costumbre, estoy cargando un peso de comida que ya debí haber embaulado. “Pues nada, que aproveche”. Diviso la descendente crestería que forman la Torre del Hoyo Oscuro, que subí el primer día, y los picos de San Carlos y Altaíz. La bajada, también pasito, me devuelve al camino, casi siempre por pedrero, que me llevará del Tiro Bajo de Casares a la Vueltona.
Al pasar por la bocamina de Altaíz, me apetece internarme un poco. Enciendo la linterna del móvil y voy moviendo la luz de los pies al techo. Solo hay un tramo apuntalado por un pequeño derrumbe. Ninguna bifurcación. De repente la pared. A la vuelta cuento 100 metros exactos. A la salida me espera la niebla, que ha subido. Llego a la estación superior del funicular y me toca esperar una hora de cola. El que ha llegado hasta Fuente Dé no renuncia a subir en el teleférico a pesar de que arriba no se vaya a ver nada. Tengo la suerte de tener detrás a una pareja que se pasa la hora enredada en un ajedrez de palabras que son recriminaciones, insinuaciones, acusaciones. Hablan, como la pareja de aquel poema de Piquero, a cuchilladas. Echo de menos los auriculares. Son, además, de los que en una cola no pueden dejar medio metro con el de delante. Me pongo la mochila solo para no sentir su aliento en el cogote. Un par de cabras, que parecen contratadas por el Parque Nacional, hacen las delicias de los más pequeños. 
 

jueves, 7 de septiembre de 2017

DIARIO DE MADEJUNO, II



Lo mucho cansa, y yo temo empezar a aburrir con estos relatos de montaña que al urbanita que odia los bichos (la mayoría), bastante le van a interesar. Pero ya que pusimos el I vamos con el II y cerramos pronto la temporada con el III. Me había acostado más tarde de lo usual en estos pagos porque era la noche, decían, en que mejor se podían apreciar las Perseidas, si bien la luna llena restaría oscuridad y vistosidad. Pero a mí la luna llena también me valía, así que hice tiempo anotando estas cosas hasta las once, hora en que se apagan las luces del refugio, y salí a sentarme en uno de los bancos. Había allí tres o cuatro fumadores con su manía (hablaban de la “directísima” del Naranjo). Lo difícil era que la luna, más grande cuanto más temprano y cuanto más cercana al horizonte, apareciera por el Norte, único punto cardinal por el que el refugio de Urriellu escapa de su encajonamiento. Pero la veleidosa no aparecía, y las pocas estrellas que se imponían a la claridad del cielo respiraban con su tranquilidad de siempre, sin verse alteradas por las corridas de los impetuosos meteoros. Con todo, la noche era maga y me acosté más que pagado.


A las 6 ya entra al barracón una luz sin contornos, y la niebla invita a perecear. ¿Y si me quedara en el refugio todo el día en plan virgiliano? Tras lavarme con el agua cortante de la fuente y desayunar un café, lío el petate. “Hemos venido aquí a andar.” A mitad de la canal de la Celada se entrevé un claro. Esta vez la niebla sí quedará abajo, sin subir de los 2000 metros, altura sobre la que estaré todo el día. Ya en el collado donde termina la canal, me doy el gusto de satisfacer una vieja curiosidad. Dejo la mochila y llego hasta la misma base del “Picu”, donde arranca el primer largo de la Sur. Sigo un poco más hasta un desventido de unos 300 metros desde el que se ve abajo el refugio y, enfrente, una panorámica sublime del macizo central. Estoy muy cerca del Tiro del Torco, que se ve que se sube bien, pero por no alterar más el plan vuelvo hasta el punto donde dejé la mochila para encarar la collada Bonita. Sigo hasta la entrada de la canal del Vidrio y giro hacia los picos de Santa Ana. A izquierda y derecha, los collados de La Canalona y de Santa Ana, en el que como en compañía de dos chovas piquigualdas.


Tengo enfrente los Tiros de Navarro (2602 y 2598), que pretendo subir, pero debo descender hasta casi su base para rodearlos y atacar por detrás. Salvo una trepada corta con buenos agarres al principio, la subida es tendida y cómoda.
El verso del destino es claro, pero a menudo el borrador del camino es oscuro. Hay en su transcurso continuas decisiones. Unas son acertadas y otras no, y otras parecen desacertadas y tal vez no lo sean, y al revés. El caso es que, teniendo todo el día, me recreo demasiado y me voy del camino muchas veces, aunque creo que casi siempre por cientovolandismo.  Miro a menudo el plano, pero es para perderme con conocimiento de causa. Me gusta conocer el nombre de los picos, los collados, las canales, los hoyos. Me apena saber que la próxima vez que venga habré olvidado algunos. No concibo que se pueda venir aquí anteponiendo la pequeñez de uno a la grandeza brutal de todo esto, indiferente sólo en apariencia. Desde la cumbre del Tiro más alto se divisa, imponente, el cordal de Los Campanarios, los dos picos de La Morra, el Naranjo, Peña Castil, el Hoyancón, y detrás los Albos, el Neverón, la Párdida, Cabrones, Torrecerredo…


De bajada quedan en mi dirección los Tiros de Santiago, de los que subo el más bajo y sencillo, y desciendo por una gran llambria entre ellos. A partir de ahí sigo el camino inverso al de la ida. Llego al refugio, otra vez, justo para la cena. Me siento junto a un grupo de amigos franceses de 60 años para arriba que tienen la costumbre de ir todos los veranos a una zona de montaña de Europa. Son muy atentos y me alegra hablar con ellos. 

domingo, 27 de agosto de 2017

DIARIO DE MADEJUNO, I



Me duermo. Quería salir de casa a las 6 y lo hago a las 8. Voy otra vez al macizo central. Esto que lee serán variaciones sobre el mismo tema, pero el mismo tema nunca suena igual en la montaña, cambian la luz, el cielo, el ánimo de uno. Subo en el teleférico de Fuente Dé con un grupo de sudamericanos. Esas mismas pláticas que mueven, de llegarme con acentos y maneras de Getafe o Altea, me pondrían bien misántropo, pero su boca las unge de una inocencia que me resulta fraternal y entrañable. Los pobres no han tenido suerte con el día. Niebla. Ante el vértigo del funicular, uno sostiene: “Mejor, así no vemos el vacío.” Otro, lo contrario: “Pero no ver nada da más incertidumbre.” Llegamos. Echo a andar con la esperanza de que la niebla, a la que los sudamericanos hacen fotos a falta de otra cosa a que hacerlas, quede abajo al ir cogiendo altura. Mi intención es subir alguno de los picos de la cordada paralela al camino que llega desde El Cable hasta el collado de Horcados Rojos: Altaíz, San Carlos, Torre del Hoyo Oscuro y Madejuno (la cresta que sigue desde éste hasta el Llambrión, pasando por el Tiro Llago, la Peña Blanca y el Tiro Tirso, es, de las de Picos de Europa, la más apreciada por los escaladores, pero yo solo ando). El ataque a los picos de Altaíz y San Carlos se hace desde la Horcada Verde, y a la Torre del Hoyo Oscuro y Madejuno desde el Tiro de Casares. En la montaña uno hace sus planes y luego las circunstancias mandan. La niebla es cerrada y meona. Como se cuenta mayormente lo que se ve y ver, hoy, se ve poco, viene al caso explicar que los tiros, a los que sigue un apellido, son los lugares en que se apostaban los cazadores para abatir a los rebecos. En origen eran collados y lugares de paso de los animales que a veces terminaron dando nombre a la cumbre más cercana.
En la Vueltona giro hacia las abandonadas minas de Altaíz, donde hay un campamento de espeleólogos, curiosa fauna. El camino llega hasta Fuente escondida, que está seca, y sigue por un pedrero a cuyo pie hay una bocamina. A la curiosidad vence la prudencia, y sigo. El cielo no se me puede caer encima. Tras hora y media desde la Vueltona, diviso un collado que no puede ser otro que la Horcada Verde. Pero lo desmiente la ausencia de hierba en él. Será uno anterior, pienso. Aquí la niebla quiere levantar y se entrevé una cumbre a la izquierda del collado de subida rápida y fácil. Me apetece soltarme la niebla y lo subo. El buzón de cumbre me depara la sorpresa de que es el tercero de los picos de la cresta, la Torre del Hoyo Oscuro, lo que quiere decir que he pasado sin darme cuenta bajo la Horcada Verde, que se divisa más a la izquierda, y he llegado al Tiro Casares. A la derecha, el Madejuno. 


Bajo de nuevo al collado, otra vez entre la niebla, y tiro de a hecho hacia su base en busca de la gran llambria por la que se sube. Aunque la piedra mojada es mala y la niebla no levanta, quiero tantear. Pero no doy con la llambria. Tengo dos opciones. O volver sobre mis pasos hasta el Tiro Casares y ahí seguir la senda que lleva a Cabaña Verónica, o bajar en línea recta hasta que me cruce con ella, con lo que espero acortar. Mitad pardillez, mitad cientovolandismo, me decido por lo segundo, lo que me vale estar cuatro horas, que parecen cuatrocientas, robinsoneando por un terreno caótico entre una niebla que ya no va a levantar, dando vueltas como un caballo de noria. Un par de jitos me hacen cambiar de dirección. Luego desaparecen. Despeja un poco y me veo rodeado de peñas, en medio de un jou. Hay que subir, pero ¿hacia dónde? Sé que debo caminar hacia el norte, pero el terreno manda y me lleva como a reina sacada antes de tiempo, amenazada por caballos, alfiles y peones. Finalmente doy con la marca de pintura roja que indica el camino a Cabaña Verónica. La alegría no es pequeña. Lo sigo hasta que me viene Dios a ver, multitransfigurado en varios jóvenes que me alcanzan. “Buenas. ¿Hacia dónde vais?” “A Jermoso por el Tiro Casares. ¿Tú también?” Me quedo blanco. “O sea que Cabaña Verónica es para el otro lado. Mierda pa mí.” “Nada. Puntos rojos, no tiene pérdida.” Nueva pardillez: al dar con el camino, mirar solo en un sentido y no ver hacia dónde iba el otro. Intento que la noticia buena, tener ya seguro el camino hasta la cama en que dormiré, se coma a la mala, una media hora perdida a mayores, que, deshecho ese tramo que hice en sentido contrario, será una hora, calado y ya más que cansado. Con la tontería (el día entero), llego al refugio de Urriellu a las ocho, hora del rancho.

IO ECHO


IO Echo: "Harm" (de Harm, 2017)

martes, 15 de agosto de 2017

DÍAS BAJO EL CIELO

Un libro. Un hombre que ha adoptado un pueblo, el de su mujer, y con él un paisaje, una luz, unas gentes, unas costumbres. Bien me conoce quien me regaló Días bajo el cielo. La edición, preciosa, es de Pepitas de calabaza. Su autor, José Ignacio Foronda. El asunto, su búsqueda de soledad, su querencia por los paseos lentos, su refugio lector, su resignación ante verbenas y dianas. Sólo tengo que cambiar la ribera del Duero por La Rioja. Se diría que son los mismos el cielo, la vegetación, el decadente paisaje físico y humano. Foronda, poeta autor de Libro de familia, explica aquí cómo fue naciendo este libro a la vez leve y con peso, en el mejor sentido de ambas palabras. De esto se trata:


No sé muy bien a qué he venido, pero aquí estoy. Aquí, sobre este cuaderno, en vez de estar ahí fuera, bajo el pino, con los demás.

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De los tres pinos el mayor es el que está solo. Dicen que es tan grande porque está más cerca del pozo, pero yo creo que está tan fuerte, tan hermoso, tan verde y tan lleno de vida porque a su sombra se desarrolla la parte hablada de los veranos de la familia.

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Fiestas de San Roque. Sólo me apetece leer. Ni siquiera me apetece pasear por los campos. Siempre igual: esta maldita misantropía, esta indiferencia, este silencio. Noto que tengo la voluntad anulada, o mejor, que sólo busco libro o soledad. Aquí no me siento dueño de mí sino atado a otras voluntades que obedezco por temor a ser ingrato, desagradecido, maleducado.

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Por el aire se esparce el olor de las uvas rotas y del mosto virgen. Ojalá se les grabe a los niños este olor en la memoria. Yo lo aprendí cuando G. me regaló este pueblo.

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¿Cómo vería estos campos si hubieran sido el lugar de los juegos de mi niñez? ¿Qué me dirían si la novedad que les busco o las sorpresas que me regalan fueran veladas o iluminadas por la memoria? Tal vez entonces no quisiera poner en ellos la pizca de poesía que intento darles, o tal vez estos campos -las piedras, las matas, los olivos, las viñas- hablarían de mí en vez de hacerlo de su verdad. Y por eso me alegro de no haber sido niño aquí: puedo ensayar la mirada.