domingo, 10 de junio de 2018

VACABOU

Sin dejar de ser un grupo muy poco conocido, Vacabou son de lo más aseado del magro panorama electropop español. Su primer disco, al que pertenece la canción de hoy, es de 2003, el mismo año en que Los Piratas se despedían con Dinero/Respuestas y Najwa Nimri publicaba Mayday, hitos todos de nuestra electrónica orgánica, que no de baile (ese es otro cantar, y algún día pondremos algo). Tiene un mérito enorme sonar tan bien como este "Life as interference", a pesar de la limitación de las voces de sus dos componentes y el innecesario y soso puente que va de 3:15 a 4:35. Se nota y agradece la manufactura de pop de chambre. El bagaje de Vacabou es desigual. Sería una de esas bandas con las que hacer una playlist de cuatro temas y oirlos de vez en cuando. El segundo que más me gusta, "Someone, somewhere", ni siquiera se encuentra en Youtube. Sí Earth o Sweetest curvy night.

Vacabou: "Life as interference" (de Vacabou, 2003)


miércoles, 6 de junio de 2018

viernes, 1 de junio de 2018

POR NO HACER MUDANZA...


Con la excusa de dejar la casa amueblada, los anteriores dueños aprovecharon para relajarse un tanto en la limpieza de la misma, legándonos, al amparo de un oportunista “por si acaso”, una sarta de objetos de lo más variopintos, de esos que en cada escrutinio se indultan a última hora para tirarlos si acaso la próxima vez: trapos que fueron camisetas, enciclopedias de dudoso futuro o chirimbolos de toda laya: unas figurillas si artesanales feas por aquí, unos peluches por allá, los aparejos de la costura por acullá… Y claro está que habría que actuar con todo ello sin contemplaciones, máxime cuando no las tuvimos con nuestros propios cachivaches en una liberadora mudanza. Pero hay algo que a última hora hace dudar y devolver tales joyas a su cajón, y acaso sea el respeto que imponen las ajenas vidas entrevistas. Como si hubiera que preservar, aun desconociéndola, la vida que llevaban en la casa sus antiguos moradores, no vayan a manifestarse sus espíritus en pavorosas psicofonías y levitaciones.
Donde no había duda posible era en la buhardilla, cuyo techo a dos aguas no encontraba el aire de la blancura entre la barahúnda de posters, planos, recortes de prensa y pasquines en los que Aznar y León de la Riva eran a un tiempo los más representados y los peor parados. Había para casi todos, siempre que pertenecieran a esa bancada: la Tocino, Espe, Lucas, la Patronal, la Cope… A esta oficina se sumaban un par de corcheras repletas de pines, se puede decir que la mitad del PSOE y la UGT y la otra mitad anti lo que fuera. Tal vez fueron las caricaturas más feroces, como la del ex presidente con bigotillo hitleriano, tal vez la bandera del Che, lo que llevó al dueño a confesar que su hijo militaba en el sindicato de estudiantes. De tal palo, tal astilla, pensaba inevitablemente uno, por más que poco antes la dueña, al explicarnos lo que abría cada llave, se esforzara en ocultar con el puño el llavero de Juventudes o la FSP. No contentos con no dejar un palmo de pared limpio, habían atiborrado de pegatinas los paneles laterales de las estanterías. Mientras nos comentaban la posibilidad de abrir más troneras, yo no podía evitar mirar de reojo. Alcalde, ¡antenas fuera! ¿Y para subir al tejado? Abajo el muro. Frente Polisario. Desde el patio. República es futuro. ¿Y hay una escalera comunitaria? Esto tiene cura: ¡Estado laico! Y así, claro, no había forma de enterarse de nada.
Cuando le tocó el turno a los cajones…
[Continuará]

sábado, 19 de mayo de 2018

DE RODRÍGUEZ


He quedado de rodríguez y vivo sin vivir en mí calibrando las posibilidades, los sucesivos momentazos que me esperan. Ante un augural pincho de tortilla hago planes a sabiendas de que al final de todo no quedará sino un poso amargo por el imposible cumplimiento de la mayoría de ellos. Aún no me importa. Hojeo la sección de cultura de El Norte de Castilla en busca de un concierto. La orquesta de Castilla y León toca la tercera de Mahler. A pesar de mi pereza ante el género sinfónico, me apetece, sobre todo por las circunstancias de su composición. Cuando el autor encontró su remanso de paz en una cabaña junto a un lago, vislumbró toda la música que había aún por sacar al mundo; todo le valía (“Lo que me dicen las flores del prado”, “Lo que me dicen los animales del bosque”, “Lo que me dice el amor”, subtitula los movimientos). Un profesor que tuve, solista de la Nacional, reconocía a Mahler chispazos de genio y momentos sublimes como los del célebre Adagietto de su quinta sinfonía, pero entre esas alturas se extiende, venía a decir, la perezosa meseta de su denso desarrollo instrumental. Sin embargo, sentado ante un despacioso café, pienso que no me importará arrellanarme hora y media por indagar qué tienen que ver conmigo esos meandros sonoros. Pero la cabra tira al monte y, siendo viernes, tengo la esperanza de que toque un buen grupo en algún bar, con lo que dejaría a Mahler en su cabaña. Aunque no es lo que buscaba, Jorge Pardo actúa en una sala del Museo de Escultura. Su concierto, con grupo y arreglos e improvisaciones “a partir” de Bach, me llama más.
He quedado a la una con Luis Guillermo Alonso. Hablar de salud –y es lo primero– con una persona de 78 años es más que delicado. Como de costumbre, le dejo llevar la conversación, que recae en nuestros poemas nuevos, sus paseos, los eventos poéticos a los que ha asistido, los libros leídos. Parece que la publicación de Sentir tus pasos va bien encaminada. Nihil obstat. Para mi sorpresa, la conversación recae en sus achaques. “Así estamos”. Piensa uno, ingenuo, que un hombre que ha vivido siempre en la búsqueda de Dios pudiera temer menos a la muerte. Pero una cosa es vivir en la fe y otra vivir sin miedo. Y tener fe no es encontrar, sino seguir buscando. Me impresiona ese desvalimiento en un hombre tan bueno, en un poeta tan extraordinario como secreto.
Con la comida no me complico. Sigo el precepto, no tanto por rigor como por comodidad, de ventilar las sobras. Llegado el caso, se descongela. Parece luego obligado tumbarse un rato y recuperar algo del sueño acumulado durante la semana. Sí, he oído muchas veces que el sueño no se recupera, pero yo sigo en mis trece con eso, sobre todo cuando la echo hasta las siete y me despierto como unas flores. Llego con el tiempo justo al concierto de Jorge Pardo y no hay entradas, ni tiempo para llegar al auditorio donde Maite Beaumont dará voz al anhelo romántico de Mahler. Pienso qué puedo hacer. Tomar algo solo, para qué habiendo fuentes. Sigo el consejo de un verso de mi amigo poeta: “Mira la tarde”. Un mirlo sobre el tejado del instituto José de Zorrilla deja en poca cosa los glisandos del flautista y la coloratura de la cantante. Aunque alterna varias melodías, hay una a la que vuelve siempre, su leitmotiv. Viéndole me parece increíble que no se le mueva más que el pico, ajeno a las contorsiones sin las que un alma humana no podría cantar ni tocar. En esas, suena de pronto una cochambre reggaetoniana que sale de un minúsculo altavoz. Todo llama al espanto, incluidas las cuatro chicas que se acercan con esa arma, rapeando o lo que sea la letra o lo que sea de esa canción o lo que sea, gesticulando a la vez con brazos y manos, en las caras también gran motivación. Huyo en dirección al antiguo hospital Río Hortega, hoy ampliación del Clínico. Tiene una parte de vegetación tupida por la que camina una cigüeña en busca de alimento. Son esas las cosas que reconcilian a uno con la ciudad, y hay que reconocer que Valladolid está bonito, que se plantan muchos árboles y se cuidan las zonas de recreo.
Estoy en el barrio de La Rondilla. Al pasar por delante del portal de una casa en la que viví decido dar ese rumbo al paseo: recorrer mis pisos de alquiler en ese barrio. El primero en la calle Cerrada; después, en escala descendente, Madre de Dios, Tirso de Molina, Arzobispo Marcelo González y Licenciado Bellogín. Con ayuda del aire lavado por las lluvias de la tarde me voy llenando, los recuerdos se agolpan y su pátina de irrealidad, amparada por la luz que ya cede, se pega al sentimiento. Parece que no ocurrió lo recordado, al menos en esta vida. Tal vez soñar…

 The electric president: "Ten thousand lines" (de S/T, 2006)

sábado, 28 de abril de 2018

¡HIP, HIP... OTECA! (RECAPITULACIÓN... Y III)


Marear al personal con los avatares hipotecarios de uno, con sus avances y sus desánimos, sus arreones y sus parones, el tipo fijo y el variable, es algo que no haría ni a mi mejor amigo, salvo quizá, ay, en noche de merluza. Pero sí me quiero reconocer que lidié ese miura con buen talante, sin el ánimo escapista de la primera vez que me vi en semejante tablado. Me daban las 3 de la madrugada consultando comparadores, foros o lo que fuera en Rankia o Helpmycash. Nos habíamos dado desde el contrato de arras dos meses para firmar, tiempo suficiente para aburrir arriba y abajo las calles Miguel Íscar y María de Molina, donde se acumulan las sucursales y los buscavidas habituales ya me conocían. Daba gusto entrar en una de ellas y que a la sola mención de la palabra “hipoteca” llamaran al director, que ceremonioso hacía pasar a uno a su despacho. El nuestro era, decían todos, buen perfil. Había cierto placer en esa concupiscencia de ir a Liberbank faroleando con una supuesta oferta de Bankia para ir luego a Bankia faroleando con una supuesta oferta de Liberbank, sabiendo que si bien el banco nunca va a perder, se trata de que al menos pierda uno lo menos posible. Tampoco nos vamos a poner anticapitalistas a estas alturas; que me digan de dónde sacaría sin el banco las perras para pagar el casoplón.
Los candidatos se habían reducido a dos. Cuando ya me había hecho a la idea de un préstamo con un tipo de interés muy bueno pero con el inconveniente de una vinculación farragosa, una última intentona con un banco con el que no había probado despejó todo recelo. Cuando estaba todo hablado llegó lo más engorroso, la dilación por las oportunísimas vacaciones del gestor con el que había tratado. Visto lo visto, habría sido mejor resignarse a esperar esa semana, pero tuvo uno la natural pretensión de que otro trabajador del banco siguiera con los trámites, que ya sólo eran éso, trámites: enviarme la oferta vinculante una vez recibido el informe del tasador. El de la inmobiliaria me aseguraba que ese paso era automático, pero el nuevo gestor me daba largas y empezó enredar con el seguro de hogar. Yo comenzaba a sospechar que no intentaba sino ganar tiempo hasta que volviera su compañero, haciendo que hacía. Debo decir a este respecto, y voy contra mi interés al confesarlo, que la calvicie del individuo del que hablo me reveló desde el principio la mentira de sus actos, acaso por desnudar la avilantez de su mirada. Al fin, ante mi insistencia, no tuvo más remedio que enviarme la vinculante, y si yo quedé de piedra al comprobar que, siendo jueves, el documento tenía fecha del lunes, él quedó como unas heces cuando, tras llamarle embustero, puse el dedo sobre la prueba de su mentira.
A pesar de esta mala experiencia, debo decir que el trato con la gente resultó aleccionador. Era bueno hablar con cuantos más mejor, porque aunque no interesaran sus condiciones a veces daban informaciones útiles. En Ibercaja traté con un hombre flemático donde los haya (“Parsi”), que me hizo ver algo tan evidente como que para los funcionarios, beneficiarios de pensiones de viudedad o invalidez, un seguro de vida no tiene el mismo sentido que para los que no lo son. "No se trata de forrarse si al otro le pasa algo, sino de poder afrontar la deuda". Aportaba a sus consideraciones un aspecto humano que me pareció insólito en ese ámbito. Se veía que era un buen hombre y que creía en la familia. En Liberbank me llamó la atención la juventud del director. Ganó, y esto es bien difícil, mi plena confianza, y acabamos casi amigos. Habiendo estado muy cerca de conseguir nuestra hipoteca, se tomó con una deportividad admirable mi decisión de hacerla con otro. En BBVA me atendió un hombre que volvía del descanso, y su jovialidad, no sin un tanto de vino, me brindó una lección intensiva de economía tocante a los préstamos, con el valor añadido de que, cosa que por razones evidentes todo el mundo se cuida de hacer, se animaba a dar consejos.    
La mañana de la firma era deliciosa. En el Campo Grande, junto al aviario, el jubilado de siempre daba de comer de su mano a las ardillas, a las palomas y a un carbonero muy valiente. La mañana tan limpia me decía que bien hecho, que adelante.

martes, 24 de abril de 2018

RECAPITULACIÓN, II...


Las prácticas de Cristina serían más remanso que aluvión, un cambio de rutina y ecosistema en el aula al que temía pero que acabó siendo beneficioso para todos. Mi relación con el trabajo ha cambiado en los últimos casi tres años. Antes acudía a él con desánimo quevedesco, como quien dice a morir enseñando, y ahora voy con ánimo epicúreo, como quien dice a descansar. Esto es así desde que nacieron las niñas.
Comoquiera que van creciendo, y con ello mengua la casa, la que teníamos, con gustarnos mucho, se iba quedando pequeña. Más pronto que tarde habría que mudarse. Para mayor tribulación, contemplábamos todas las opciones: respecto a nuestro piso de entonces, alquilarlo o liquidar la deuda y venderlo; respecto a la futura vivienda, alquilarla o comprarla, aquí o allá (siempre que evitáramos la jungla del centro), así o asá. Tras hacer números, decidimos alquilar y comprar. Lo primero salió muy bien, y hoy puedo decir que el dinero que dejan caer cada mes los inquilinos da especial gustito. Lo segundo también: a la tercera casa que visitamos sentimos ese flechazo por las cosas que están como esperándonos, con su inusual ausencia de peros. Un patio con un serbal y una buhardilla de 11 metros de largo, para nada enchepatoria y rebosante de libros, eran la guinda. Ya sólo quedaba intentar ajustar el precio, y si bien esa partida de póker no la ganamos, tampoco se puede decir que la perdiéramos. Conseguimos que dejaran la casa con unos muebles cuya adquisición se pondría en cinco dígitos. Era, en palabras de mi señora, un casoplón. Cuando estrechamos la mano del vendedor, vino a decir que en la feria de ganados de Torrelavega todavía se hacían los tratos así. Fue entonces cuando el agente de la inmobiliaria proclamó sonriente: “Bueno, pues ahora lo importante es señalizar la compra con un contrato de arras”.
Y con las arras empezó la movida de la hipoteca.

sábado, 21 de abril de 2018

RECAPITULACIÓN, I


¿Qué trampa es esta del tiempo que hace que nos parezca más veloz cuando son los días procesión desganada y más pausado cuando los acosan los llamados imponderables? ¿Volveremos a comparar al tiempo con un río? No conoce nadie el cauce por el que correrán sus aguas. Lo accidentado del mío en los últimos meses ha dado en remansos y aluviones, vaquillas o morlacos que ha habido que capear con peor o mejor maña.
Llegó Cristina, la profesora de prácticas, y en el aula había de pronto un aire como más limpio con los alumnos buenos y más viciado con los pasotas. La pobre sufría en silencio mi reticencia a la luz artificial, y anotaba sus cosas en teresiana penumbra hasta que se decidía a pedir permiso para encender. Cuando comenzó la fase de intervención, que así se llama ahora al hecho de que los profesores en prácticas impartan las clases, superó enseguida su inicial temor a no saber llevar a los alumnos de 1º. Hay que decir que Cristina Sevillano López-Romero conocía el paño, pues fue alumna mía durante los cuatro últimos cursos de enseñanzas profesionales, antes de hacer el grado superior y terminar tocando como los ángeles. Fue todo mejor que bien. Pondría el único pero de que, hija de su tiempo, hiciera resonar en el aula a razón de 4 veces por hora el infeliz “en plan”, ante lo que algunos alumnos me miraban de reojo con sonrisilla chinchona. En conjunto acabaron teniendo con ella tal sintonía que su último día de prácticas, que coincidía con el examen, le regalaron unos bombones y unas flores. Habiendo recibido uno en 21 años de docencia no más que dolores de cabeza y esquiveces, no daba crédito. Esto sucedía un 19 de marzo, día, dicen, del padre.

 F. Couperin: Troisième leçon de ténèbres.