martes, 23 de enero de 2018

TUTORÍAS, TONTERÍAS



Si las tutorías constituyen una escuela paralela para padres y profesores (los alumnos van demasiado fuera de sí para aprender algo), la que se hace al final de cada trimestre para entregar las notas es toda una experiencia antropológica. Ahí suele aparecer el alumno, hecho un flan, con uno de sus progenitores, a veces los dos, y si no hay más remedio con algún hermano. Vaya por delante que los padres que matriculan a sus hijos en el conservatorio suelen ser respetuosos y cabales. No es ésta una enseñanza obligatoria ni gratuita.
En veinte años he visto de todo: entre los alumnos, suspiros de alivio ante un 5 por el que no daban un duro, miradas bovinas que imploran un paliativo verbal ante un suspenso sin paliativos o ese indignante fariseísmo gestero al oír ante sus enmudecidos padres, haciéndose de nuevas, la retahíla que llevan oyéndome tres meses, retahíla que en el 99% de los casos se puede resumir en el mantra "hay que tocar todos los días" (la clase antes de la evaluación estos alumnos suelen hacerse de miel). Y entre los padres, los que van solos y se desmoronan al reconocer que no pueden con su hijo, los que no disimulan su indiferencia y los que se preocupan porque su hijo ha bajado al 7.
No puedo estar contento. El primer trimestre se saldó con 7 aprobados y 10 suspensos. Los profesores siempre estamos quejándonos de que los alumnos antes estudiaban más, de que estaban más centrados. Fantaseamos con una justiciera escabechina, pero a la hora de la verdad la mano acaba dibujando un desganado 5. Nadie podría explicarlo mejor que John Benjamin Toshack, el entrenador filósofo: "Los lunes siempre pienso en cambiar a diez jugadores, los martes a siete u ocho, los jueves a tres, y al final acaban jugando los mismos once cabrones de siempre". Es complejo. Todo ha cambiado muy rápido. Es un hecho que si antes en 1º de lenguaje musical se daban las tonalidades, la subdivisión ternaria y patrones rítmicos como la negra con puntillo-corchea o el tresillo, hoy no se ve ninguna de estas cosas, y en las que se ven se profundiza menos. La nueva pedagogía tiene un enfoque, digámoslo así, más centrado en la psicomotricidad, y donde antes se medía mirando la partitura y marcando el compás con la mano, ahora se hace con palmas, pies o lo que sea sobre una melodía oída. Y así nos va. La consecuencia: la mayor parte de la clase de instrumento, a veces toda, empleada en enseñar a medir.
Pero es sólo una pequeña parte del problema. Si la pedagogía ha cambiado es porque ha querido ir a rebufo de los cambios de la sociedad, así se dirija ésta alegremente hacia el despeñadero. No había antes tanta oferta de ocio. Esto también es un hecho (y lo subrayo porque se vea que no son éstas lamentaciones de abuelo cebolleta). Que un niño de nueve años tenga un móvil más grande que el de su padre “para chatear y ver vídeos” hace que todo lo demás le apetezca menos. Quién va a estar dispuesto a dejarse entre 10000 y 15000 horas de su niñez y juventud delante del atril pudiendo estar cacharreando, quién va a estar esa media hora o esa hora de estudio diario atento a lo que hace y lo que suena y no pensando cuánto queda para poder contestar con un “jijiji” el “jajaja” que le puso menganito o ver si fulanita le ha contestado por fin el wasap de los emoticonos.
El alumno que es bueno acaba tocando, pero si de mi primera promoción, de siete alumnos sólo lo dejó uno, sospecho que hoy sólo terminaría uno y lo dejarían seis. La cultura del entretenimiento (bonito oxímoron nos han colado) contra la cultura del esfuerzo. Y la cultura, la única cultura, como dice el poeta Julio Martínez Mesanza, es hincar los codos. 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

GLOSAS A SALVAGO



Francamente: siento debilidad por la poesía de Javier Salvago. Los aforismos de Hablando solo por la calle, editados por La isla de Siltolá, abundan en ese descreimiento marca de la casa que recorría de arriba a abajo su último poemario, Una mala vida la tiene cualquiera, también en Siltolá. El tándem sociedad-política se lleva la mayor y la peor parte de estos aforismos, a veces en el límite por evidentes ("Lo que sucede en este país no es de recibo"), pero casi siempre con más razón que un santo ("¿Por qué ese empeño de todo el mundo en sacarles el dinero a los que menos tienen?") Pero ojo, aquí hay un poeta, y de vez en cuando nos purga de tanta oscuridad el brillo de un lucero: "La lluvia canta / canciones que alguien dentro / de ti recuerda."
Y no digo más sino que sigo a lo mío, que es aprovecharme, como la cigarra, del hormiguil trabajo ajeno, como hice aquí con Ramón Eder. Me perdonen ambos y los que vinieren.

El misterio no se hizo para adorarlo, sino para desentrañarlo.
[El misterio lo es precisamente porque no se hizo. De haber sido hecho, tarde o temprano se le acabarían viendo las costuras.]

Caminamos a marchas forzadas hacia una sociedad de imbéciles.
[Es decir, que aún no lo somos. Pero si esto se lleva diciendo tanto tiempo, significa una de estas dos cosas: o que nunca lo seremos o que lo somos desde hace mucho tiempo.]

No te esfuerces en ser tú mismo. Tú eres tú mismo siempre, hagas lo que hagas y digas lo que digas. Eres tú mismo, sobre todo, cuando no te gustas y dices que ese farsante o ese canalla no eres tú.
[Pero también eres tú, y acaso más tú que nunca, cuando intentas gustarte.]

Luchó hasta el final, dicen como si fuera algo extraordinario. Todos luchamos hasta el final.
[Sí y no y no sé. Unos luchan hasta el final y otros hasta el siguiente final, que tal vez esté una primavera más allá, un libro más allá, un amor más allá...]

Soy tan poco sectario que si los míos juegan mal prefiero que pierdan. A mí no me vale ganar en el último minuto y de penalti injusto ni en el deporte ni en la política ni en la vida. (Dicho sea, claro está, con todas las reservas que merece cualquier afirmación sobre la contradictoria y voluble condición humana).
[Javier Salvago, al que no conozco, me cae todavía mejor ahora que sé que no es del Madrid.]

Llevamos millones de años fornicando y todavía hay quien se escandaliza, se incomoda, se asusta, se maravilla, se asombra, se vanagloria o se ruboriza de practicar el acto, presenciarlo o simplemente hablar de él.
[Conclusión: habrá que fornicar más.]

Un optimista es alguien que se empeña en sostener que la vida es bella, aunque su vida y las vidas de todos los que le rodean sean una puta mierda.
[Razón de más para ser optimista.]

domingo, 24 de diciembre de 2017

FELIZ NAVIDAD

De mi amigo el poeta jesuita Luis Guillermo Alonso, dos poemas. El primero, perfecto para esta noche, y distinto, por poner el foco en la discreta figura de José. El segundo, de su inédito Sentir tus pasos, es marca de la casa. De una casa tan grande y asombrosa como desconocida. Pero de ello hablaremos otro día. Mis deseos de que pasen unas felices fiestas.

Un hombre llega a padre
de un hijo al que no recibe nadie,
ni su propia familia.

Su padre era un hombre callado,
un padre callado.
Pero su silencio sí recibió al hijo.
Lo supo recibir y querer,
José sí.

Admiro su silencio,
respeto su silencio.
Sabemos de este padre muy poco. Era discreto.
Puso a su hijo "Jesús". Le dio ese nombre.
Sé que le amó como a hijo, muy responsablemente.

Le transmitió su estilo.
Sé que el Padre mayor, por ser tal padre,
le miró sonriente.

*

Muéstrame en cada quién, si aún tengo cura,
su costado de luz.
Edúcame a fijarme en el flanco más limpio
de aquél con quien convivo.

Y aun del peor suceso,
ayúdame a mirar el lado luminoso.
Puede mostrar la fuente
de algún tesoro oculto.

Y no me ocupe más
que de lo bueno, bello y verdadero.
Ya ves. Lo pido a ti
que todo lo levantas a la luz de tu imagen.


THE AMAZING

Cuando no son las listas de Spotify es un amigo de gustos afines quien me pone sobre la pista del hallazgo. The amazing han editado cuatro elepés, sobresaliendo el tercero, Picture you. Suenan igual a grupos de armonías sesenteras que a bandas de rock progresivo, pero tienen el acierto de no cargar las tintas de la distorsión, y así sus temas, por lo general largos, en vez de basarse en una superposición de capas sonoras a lo Mogway (y como éstos gustan de una rítmica muy atractiva, con una caja con mucho redoble), recuerdan más a la contención krautrock de American analog set. Son, como buena banda sueca, más mate que brillo, pero es su oscuridad luminosa. Pero en fin, todo esto es paja, escuchen y juzguen. O mejor, escuchen sin más.

The amazing: "Picture you" (de Picture you, 2015)

Más de The amazing

sábado, 16 de diciembre de 2017

THE WAR ON DRUGS

The war on drugs puede parecer uno de tantos grupos que no han hecho nada nuevo. Han hecho lo mismo, sí, pero suyo: algo nuevo. A Dylan, y a ratos a Springsteen, suena la voz rasgada de su cantante. A Wilco, las guitarras. Pueden sonar también a Kurt Vile, que luego abandonó el grupo derivando hacia una vertiente más folk, a The National o a Future islands (y este será el cebo para que le dé al play Avelino Fierro, aunque difícil se me hace que no los haya escuchado ya). Pero las canciones de The war on drugs tienen un punto fantasioso y escapista que las vuelve impredecibles. Cambian de postura, se desparraman, respiran. Se amodorran y espabilan, cuando parece que terminan, despiertan y se avivan como un fuego magnífico de teclados, guitarras, saxos, arpas o armónicas, estirándose hasta los siete o los once minutos. Y, como el fuego, siempre el mismo y otro. Pero que nadie deduzca de ello que esta música no está pensada y mimada hasta el último segundo de cada corte.

El título de su anterior disco, el tercero de su carrera, Lost in the dream (2014), no puede ser más revelador. Es, como el reciente A deeper understanding, un mundo. Escucharlos sin más quehacer, con el día echado, es toda una experiencia. Ensoñación y belleza y esa épica de los mejores Wilco persiguiendo la gran canción americana. Nadie tan cerca.

The war on drugs: "Nothing to find" (de A deeper understanding), 2017

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Más de The war on drugs
 

viernes, 8 de diciembre de 2017

CASO DE DUDA, NEUMAN



Tras unos más que prometedores inicios en la poesía (de Métodos de la noche, El tobogán o La canción del antílope se podría hacer una antología con un buen puñado de poemas memorables), Andrés Neuman alcanzó la madurez poética con el sobresaliente Mística abajo (2008). Cinco años después, la extrañeza: dos poemarios unidos en un volumen (No sé por qué y Patio de locos) que parecen escritos por otra mano, desde luego menos templada. De lúcido a lúdico: mal asunto. Ojalá se trate de un “vuelco de cajón” y podamos volver a leer al poeta donde lo dejó en aquel ya lejano Mística abajo.

Entretanto, Andrés Neuman ha ido levantando el sólido edificio de su prosa, de la que prefiero sus dos libros de aforismos, por ser donde más se deja ver su linaje poético: El equilibrista y este Caso de duda (Cuadernos del vigía, 2016) que me lleva a preguntarme por qué su autor no habrá empleado el saber ver que demuestran estos pensées en sus poemas. Qué prometedor sería aquel que terminara con este verso disfrazado de aforismo: “¿Cuánto estar hace falta para dejar de ser?” 

*

La risa trabaja.
El miedo ve. La cobardía ciega.
Toda distracción es interna.
La gente que habla alto tiende a pensar bajo.
Nos espera una larga infancia.
El cumpleaños es el aniversario del que ya no somos.
Un viejo es un joven tomado por sorpresa.
Definitivamente, lo provisional.