miércoles, 22 de agosto de 2018

DIARIO DE ARENERAS, III


La noche en el refugio fue bien, salvo por la típica entrada bullanguera de un grupo de chicas justo cuando me estaba quedando dormido. No me desvelé, y seguí entrando en el sueño con una sonrisa en la boca, pensando cómo podría titular la noche de estas jóvenes en el barracón Rabadá-Navarro: “Venganza gutural”. Desayunando con los irlandeses me dicen que han cambiado de plan. El nuevo coincide con el mío: subir en dirección a la canal del Lebaniego para, desde el collado, probar la ascensión de la Morra, a la izquierda, o los Campanarios, a la derecha, y bajar el Hoyacón de Villasobrada en dirección a la collada Bonita para llegar de nuevo al refugio por la canal de la Celada.
Echo a andar a las 8:30. En casi una hora llego al espolón rocoso tras el que se gira a la izquierda para salir casi a la mitad de la canal del Lebaniego, que arranca en el jou sin Tierra. Voy pegado a su costado izquierdo para evitar el sol y el pedrero. Cuando no se puede seguir, atravieso un nevero hasta el medio de la canal. Desde allí veo, unos 300 metros más abajo, a los irlandeses. Están parados, mirando hacia donde estoy. Pasan así un rato hasta que dan la vuelta. Parece que desconfían de la pala de nieve. Llego al collado a las 11. La vista es espectacular, con el colmillo del Cuchallón de Villasobrada de frente, Peña Castil a su izquierda y, a su derecha, la entrada a la canal del Vidrio, Peña Vieja y Santa Ana, con el macizo oriental detrás, y los Tiros Navarros y de Santiago. A la izquierda, las dos cumbres de la Morra, de las que pensaba subir la más próxima al Naranjo, que es la más alta (2554 metros). Reviso en el móvil una foto de otro montañero con la subida marcada con una línea roja. Al pie de la llambria por la que se sube, visualizo cada agarre y apoyo. Hay dos pasos dudosos, pero sobre el terreno las cosas siempre se ven más claras. Dudo si comer y dejar la mochila, más que por el peso por lo que pueda estorbar en ciertos momentos de la trepada en que, pegado a la roca, haya que avanzar de lado. Decido subirla y hago bien, pues entre pitos, flautas y fotos en la cumbre, empleo más de una hora en subir y bajar esos 130 metros de desnivel. Habría echado de menos el agua.
De vuelta al collado, me pienso si subir la segunda cima de la Morra. Pero teniendo peor panorámica (la primera le tapa el Urriellu), sería mero coleccionismo. Más vueltas le doy a si atacar siquiera el más cercano de los Campanarios, pero se acercan nubes desde distintas partes y recuerdo la previsión de tormenta. En la montaña hay que saber renunciar y entender que los picos quedan ahí para otra vez, dándonos además motivo para volver. Así que empiezo a bajar el jou que rodea estas cumbres, primero saltando gozoso por el pedrero y, cuando la pendiente es menor, pasando al nevero para patinar con los pies. La nieve da tanta confianza que hago giros como si tuviera puestos los esquís. Con la alegría me sale un grito del que enseguida me arrepiento, deshelando como está. Pero el único alud es el de las pequeñas bolas que mis pies desprenden. Por no perder altura, antes de llegar a lo hondo del hoyo voy cruzando hacia el sedo que asciende hasta el hombro oeste del Cuchallón, paso intermedio hacia la collada Bonita, que no por conocida lo es menos cada vez que por tan estrecha horcada se pasa. Y más bonita es aún cuando la cruza, silencioso y errático, el treparriscos, el pájaro-mariposa al que hoy ya puedo poner nombre. No puede existir un rojo más mago que el de sus alas. Antes, en unos anises, he visto un grupo de al menos diez avispas que, vistas de cerca, resultan ser moscas. A la tarde, investigando, comprobaré que son sírfidos, una de cuyas 5400 especies la constituyen estas “moscas de las flores” que adoptan el aspecto de la avispa para defenderse.
Al otro lado de la collada, el Naranjo con sus escaladores en avance lentísimo, como sírfidos en diciembre. En feliz contraste, bajo saltando por el menudo pedrero, que más bien me baja a mí, como después me baja la nieve por la canal de la Celada, poco antes de llegar al refugio en el momento exacto en que empieza a llover. Son las tres. Como dentro. Al salir ha escampado. La peña se ha vuelto negra con el agua. El contraste de esa imagen con la de una hora antes es asombroso, como ver la foto de un adulto superpuesta a la del niño que fue. Llega la pareja de holandeses con los que coincidí en el refugio de Cabrones. Me agradecen la recomendación de que subieran la Párdida, y que les fuera mostrando el camino (no saben que llevaron, yendo detrás de mí, una trayectoria tan errabunda como la del soñador treparriscos). Ceno con ellos. Weggie me pregunta si no me da miedo ir solo por estas montañas. Con gente, dice, va uno más entretenido, y cuando el camino se hace largo o difícil vas hablando y no te enteras. “Ya, pero yo lo que quiero es enterarme”.

 Sírfido

domingo, 12 de agosto de 2018

DIARIO DE ARENERAS, II


Mientras desayuno, el guarda más joven me informa del estado de las montañas y los collados este año en que ha nevado tanto. Me gustaría probar con un pico al que no haya subido, como hace un año con la Párdida, al que ascendí junto con las dos cimas del Neverón. De Cabrones, mi idea inicial, me dice que en el punto en que el camino gira para embocar la chimenea que llega a la cresta hay mucha nieve acumulada. Es cruzar un nevero de apenas cuatro metros, pero si el desnivel sin nieve es del 50%, con nieve es del 70, y el problema son los 200 metros de caída, “encima con estos tejidos sintéticos, que resbalan como la madre que los parió. Nadie lo ha subido aún por ahí. Sí por la otra cresta. Con cuerda, claro.” Cerredo sí se sube, pero habría que volver por el mismo sitio dado que la horcada de don Carlos está también mal para pasar. Las rimayas a ambos lados del nevero son muy estrechas, y por el medio presenta un desplome debido a una visera que formó el viento. Otra opción son los picachos que quedan junto a la collada Arenera, paso hacia Urriellu, al otro lado del Neverón. Son cinco cumbres muy próximas en las que en algún momento hay que hacer alguna trepadilla. Me decanto por ella.
Dado que salgo del refugio de Cabrones a las 9:15 y tengo todo el día para llegar al de Urriellu, donde dormiré, decido no ir por el camino directo, sino rodeando por el Jou Negro. Van delante los irlandeses. A uno de ellos le debo el haber dormido unas 4 horas a ratos de 20 minutos. Era sin duda un ronquido de varón. Habiendo cuatro, mis candidatos son tres, pues es imposible que quien anoche cantaba con tal sentimiento roncara a las dos horas con tal zafiedad. La media de edad del grupo ronda los 70 años, y pretenden subir Torrecerredo (más tarde sabré por ellos que no llegaron a la cumbre). De vez en cuando uno de ellos grita avisando a los de abajo de la roca que su pie ha hecho desprenderse. No me hace gracia ir detrás de ellos, como no me gusta conducir detrás de otro vehículo. Veo un nevero que sube hacia la izquierda en dirección a la collada Arenera. Es bastante tendido. Tanteo la nieve, que está perfecta, ni blanda ni dura. Me atrae la nieve, su camino sin camino como el futuro de un niño, la textura de su silencio, un silencio más hondo que el silencio, como si lo hiciera resonar igual que refleja la luz. También la sensación de soledad es mayor, pero es esa soledad que acompaña mejor que nadie y nos pone en contacto con algo o alguien que acaso sea ese yo más nuestro, el que guarda prendas de la niñez. Voy jugando tan feliz sabiendo que por cualquier sitio voy bien (borrando los caminos, todo el nevero es un camino uniforme), hasta que miro hacia abajo y veo a la pareja de holandeses. Están en el punto en que dejé el camino, parece que mirando el plano. Desayunando hemos visto que hasta el collado seguiríamos la misma ruta y han tirado, a una distancia prudencial, detrás de mí. Mala referencia, hoy que me he puesto a robinsonear. Al cabo de unos minutos deciden seguir mis huellas en la nieve. Ya no es lo mismo. Inconscientemente voy buscando el camino más corto, los pasos más tendidos; levanto un par de hitos en los sedos dudosos entre dos neveros… Esto se empieza a parecer a esto. Tardo dos horas en llegar a la collada Arenera, hora y cuarto más de lo que se tardaría por el camino directo.
Estoy a 2273 metros. Tengo encima la primera de las torres del mismo nombre, a poco más de 100 metros de desnivel. Rodeo la peña por la izquierda hasta una brecha que desemboca en un hombro desde el que se accede a las cinco cumbres llamadas de Areneras, muy próximas entre sí. Pero antes de llegar a esa terraza sale otra canaleja a la derecha que llega directa a la primera de ellas. Hay que trepar algo. No es difícil siempre que se esté acostumbrado al terreno (tantear bien cada agarre y apoyo debido a la piedra suelta, no pisar piedrecillas sobre roca, intuir la que se puede mover y la que no), pero hay que ir con los cinco sentidos, pues las aristas son muy aéreas y la caída a ambos lados no daría una segunda oportunidad. En la estrecha cumbre, liberada la tensión, como algo y hago fotos. Ya se divisa el cordal del Naranjo, con la peña Castil detrás, los Tiros de la Torca, la Collada Bonita, la Morra, los Campanarios, los Tiros Navarros y ya Horcados Rojos, el Tesorero con los Urrieles, los Picos de Arenizas, las Horcadas de Arenizas, Caín y don Carlos, los picos del circo de Cerredo –Boada, Torre Coello, Tiro del Oso y Torre Bermeja–, la Párdida, el Neverón, el Pico Cabrones con el macizo occidental y Torre Santa detrás, los Dobresengros, la Collada del Agua, los Cuetos del Trave, y, ya muy cerca, pegado a la quinta de las cimas de hoy, el Neverón del Albo. A su derecha, y antes de cerrar el círculo, la franja desvaída del Cantábrico, a apenas 25 kilómetros.
Regreso al hombro desde el que subo, casi andando, las dos siguientes cumbres, cada una más alta que la anterior. En la tercera me tumbo. Se está tan a gusto que me quedo entrevelado. Para la cuarta, sin estar lejos, hay que bajar y luego subir, no se ve claramente por dónde, y de la cuarta a la quinta lo mismo. Mitad por pereza, mitad por no estar en mi ánimo complicarme la vida, decido bajar. Ya casi en la collada veo un pájaro sorprendente. La cabeza y el lomo son de un gris plomizo, la cola de un negro muy vivo, por paradójico que esto parezca, y las alas tienen ribetes de un rojo casi granate. A pesar de ser poco más grande que un gorrión, vuela pesadamente, como un murciélago o una polilla grande, y se agarra a la roca pelada y vertical para subir por ella no se sabe cómo. Es silencioso, como sólo puede serlo quien vive en estas soledades. Imagino que su canto tendrá un solo tono, y que será conmovedor.
Desde la collada Arenera bordeo, en ligero descenso, los neveros de la Corona el Rasu, atravieso la Brecha de los Cazadores y llego al refugio de Urriello sobre las 3. Como un peregrino, me dispongo a perecear toda la tarde con la tranquilidad de que no hay ninguna prisa para nada. Como, pongo la ropa húmeda al sol en un murete cogida por unas piedras, hablo con la gente, tomo estas notas y hasta pido una cerveza y algo para picar (el precio de la bolsa de patatas es escandaloso, así que pido un “revoltijo” de frutos secos, del que hay que retirar los cacahuetes, que están rancios). Me entero de que el pájaro es el treparriscos, que sólo vive en alturas superiores a 2200 metros. Van llegando grupos de gente, entre ellos los irlandeses, desmadejados. No han subido Torrecerredo pero mañana quieren hacer una ruta ante cuyo relato voy abriendo cada vez más los ojos. “Strong, very strong, nine, ten hours”, me lanzo a vaticinar. En la cena me siento con ellos.  Me acuesto pronto por si les han puesto en mi barracón, para que el primer ronquido sea en castellano y escuchen ellos también algo de nuestro folclore.   

Treparriscos

jueves, 9 de agosto de 2018

DIARIO DE ARENERAS, I


Salgo de Zaratán a las 7:30 y llego a Poncebos cuatro horas después, incluida media hora perdida por despistarme en Panes y tirar en dirección a Potes por el desfiladero de la Hermida. Este pequeño contratiempo me anima a tomar el tren cremallera hasta Bulnes, ahorrándome la hora de subida por la riega del Tejo. Pero hay muchos coches y tengo que dejar el mío junto al inicio de ese camino, por lo que decido ir a pie. Lo primero es cruzar el Cares por el puente de la Jaya. Yo no sé si habrá en el mundo otro tan bonito, con sus avellanos y fresnos besándole los estribos, ni tan secreto, pues para verlo hay que bajar, una vez franqueado, por un caminejo al río. Dejado atrás el Cares, enseguida se llega a otro río menos caudaloso, el Tejo, también llamado Valcosín, por nacer en la canal del mismo nombre. Esta senda era hasta el año 2001 el único acceso a Bulnes, y los acarreos con mulas y burros, el único modo que tenían sus habitantes de abastecerse. En 50 minutos llego al puente desde el que sale el desvío hacia el Barrio del Castillo, también conocido como Bulnes de arriba. Pretendo llegar al refugio de Cabrones por la canal de Amuesa y los cuetos del Trave. Si bien en ellos hay que echar en algún punto las manos, la verdadera dificultad son los 1800 metros de desnivel a salvar, desde los 200 de Puente Poncebos hasta los 2000 del refugio. El día es bueno de momento, con alguna aliviadora nube, pero se ve la niebla posada al final de Amuesa, y estando ya tan alta es posible que desde que entre en ella ya no me deje hasta Cabrones. Echo un trago y como algo. Aquí no se trata de comer a tal hora, sino cada tanto, mejor poco y a menudo, y con la bebida igual, pero más a menudo. Sentado en una piedra, miro el camino recorrido, el encajonado cauce del Tejo, su agua como nosotros siempre la misma y otra. Que emerja un mirlo acuático justo en el lugar en que tenía perdida la vista es algo que toca a la fe, el rincón más íntimo de la persona como dijera Delibes, y por ello vamos a dejarlo dentro.

Al poco de salir del pueblo doy con una fuente, y con ella la burlona certidumbre de que, con mirar mejor el plano la noche anterior, me podría haber ahorrado hasta ahí dos kilos de mochila, constatación que se repetirá al final de la canal de Amuesa, donde hay otro precioso pilón. La aproximación a ésta es un tanto incómoda por la vegetación y las moscas y tábanos. A medida que se gana altura el camino es más cómodo. Baja un niño con su padre. “¿Cuántos años tienes?” “Diez.” “No sabes la suerte que tienes de estar aquí.” “Sí que lo sé.” La niebla sube y baja, como el agua de la marea en una de esas grabaciones a cámara super rápida. Entro en ella ya casi en el collado que da fin a la canal. A su albur se distinguen algunas majadas en ruinas. Hacia arriba no se ve nada. Continúo el camino en dirección al collado Cerredo hasta que intuyo que no voy bien. Voy llaneando y debería subir. Miro el plano, dejo la mochila y vuelvo sobre mis pasos buscando otra senda que salga perpendicular a la principal. Al distinguir varios caminos paralelos al que seguía, verederos de ganado, me doy cuenta de que ha sido una mala idea dejar la mochila en el suelo. La niebla a veces ofusca los sentidos, y con ellos el entendimiento. Por suerte, veo enseguida mi camino y doy con la mochila sin problemas. De lo que pasa hasta los cuetos del Trave poco puedo decir. A falta de paisaje, lo que veo son muchas babosas.

Se me hace larga esta parte hasta llegar a la pared, que hay que bordear por la izquierda, asegurada en varios puntos por cables fijados a la roca sin que parezca necesario. Por entretenerme, canturreo canciones que, no se sabe cómo, en un momento de despiste terminan derivando en pachanguerías baratas, cumbias y bachatas que se pegan al cerebro como la mierda a los zapatos. Está visto que tengo que venir aquí antes de las cuatro noches de verbena de las fiestas de Zazuar. Llego al refugio a las 18:15. Cuando la niebla baja, se intuye el recorte de las imponentes agujas de Cabrones y la torre Labrouche. Hay un grupo de siete ingleses y una pareja de holandeses. Soy el único español, a excepción de los dos jóvenes guardas, que se ve que se lo tienen bien montado en su cuarto, arriba. Oyen a Offspring. Ante tanto angloparlante me siento como desnudo, a merced de cualquier chanza. Están sentados esperando la cena. Me cambio de ropa y preparo la cama. Esta vez –una lección aprendida– no he traído saco. Sólo un almohadón. Es suficiente con el edredón que proporciona el refugio. Me siento con los presuntos ingleses. Pregunto al que tengo más cerca de dónde son. “Kork, Ireland”. De pronto, otro se arranca a cantar. He oído mucha música tradicional irlandesa, pero así escuchada, en una voz que por imperfecta se siente más natural, me hace reconocer que tiene una raíz profunda que no encuentro al folclore de mi país. Y caigo entonces en algo que no había advertido hasta ahora, y es el parecido de esa música con los cantos espirituales. La cena… ya no recuerdo lo que cenamos, pero da igual porque en la montaña todo sabe bueno. Después hubo tiempo para hablar con los holandeses de la ruta de ese día y el siguiente (y supimos que coincidiríamos más adelante), con los irlandeses un poco de todo en un inglés no tan lamentable como me temía por mi parte, y con uno de los guardas sobre el estado de los pasos este año que hay más nieve. Ya de momento veo que esta vez tampoco voy a subir el pico Cabrones.
5/7/18  



martes, 7 de agosto de 2018

DE LAS COSAS DEL CAMPO





Neorrurales (VVAA), Berenice, Ed. Almuzara


Ha aparecido una antología de “poetas de campo” (así se subtitula) en la que el antólogo, el profesor y escritor Pedro M. Domene, ha tenido a bien incluirme. Lo mejor es la compañía: Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Reinaldo Jiménez, Josep M. Rodríguez, David Hernández Sevillano, y dos jóvenes a los que no conocía, Hasier Larretxea y Gonzalo Hermo. Tampoco había leído nada (y es para matarme) de Hernández Sevillano, y conocer sus poemas no ha sido un regalo menor que el de ser antologado por primera vez. Poemas como “En la ermita”, “Confesiones al oído de una mujer enferma” y “Los motivos del poeta” son de los que no se olvidan y justifican este oscuro mester, pues sí, “la vida pide versos / igual que la vejez pide caricias.” Tanto Sevillano como Josep M. Rodríguez y un servidor hemos sido englobados en la “generación intermedia”. Se ve que se acabó lo de “poeta joven”, y me parece bien, tanto más cuanto no se me escapa que José Jiménez Lozano, por poner un ejemplo, es a sus 88 años un poeta joven. “Y todo se reduce a seguir vivo”, como advierte Josep M. Rodríguez, de quien se recogen poemas memorables como “Indecisión”, “La charca” o “El corazón del bosque”. Leo en la nota biográfica que Rodríguez y Sevillano, casi quintos pero uno y dos años más jóvenes que yo, han publicado ya 6 y 7 libros de poemas respectivamente, y a la vez no me lo explico y me maravillo, claro. La generación de los más veteranos está representada por López Andrada, de quien prefiero los poemas más recientes, y Fermín Herrero, cuyo poema “Catastro” no me canso de leer, así como su poética introductoria. Me entusiama menos el título de la antología, ese “Neorrurales” que, si bien es un marbete que puede llamar la atención por estar más o menos de moda, no deja de tener cierta connotación peyorativa. 
Títulos y generaciones aparte, lo que aquí se respira es el sentimiento de pertenencia a algo común, y, más allá de las creencias de cada uno, eso mismo es lo que ha impulsado cualquier manifestación del espíritu. Di hermano y entra.