miércoles, 31 de diciembre de 2014

VÍA LÁCTEA DE INVIERNO

Apenas quedan unos minutos para que muera el año. He escrito "muera", pero podría haber escrito termine, o acabe, o finalice, o concluya, o... Hay cierto cansancio en este continuo escoger. También cierta pereza, y con ella, a menudo, la tentación de dejar de escribir aquí, de dejar de escribir todo lo que no sea poesía. Si no lo hace uno es porque quiere creer que todo es poesía, que nacen ambas, poesía y prosa, del mismo venero; así llegó algún poema de prosas escritas al vuelo, y a la inversa. Quiero desear un 2015 feliz y tranquilo a quienes pasan por aquí, y brindar por ello con el último verso del año, porque podemos haber perdido la emoción, pero siempre habrá poesía.

¿Vía láctea de invierno? Humo de chimenea.

domingo, 28 de diciembre de 2014

ENTRAÑABILISMOS

Polizón absorto, en su mundo gatuno, perfectamente serio, mirando al horizonte.
–Parece que esté sonando el himno de su país. (S.)

Desde la cama, el primer sonido del día, una voz infantil, entrañabilísima:
–¡Un furbi! Lo que había pedido. Oh, qué suave, mira. (P.)

–¿Quién va a dormir la siesta esta tarde?
Contesta otra voz blanca, esta vez de niño, señalando y cargando la te: “¡Tú!” (M.)




miércoles, 24 de diciembre de 2014

NIFUNI

Uno esperaba algo distinto, no sé, contundencia contra la corrupción, incluida la de su familia (eso sería contundencia, empezar por casa, y no la consabida condena blablablá a los corruptos, ese ente abstracto). También valentía ante Cataluña (me refiero a tener en cuenta la voluntad de los catalanes, no sólo de los catalanes opuestos a la independencia, por cuyo rechazo, qué ingratos, se siente dolido). Y que estuviera con la gente, y no con los que se ríen de la gente asegurando que la recuperación económica ya ha comenzado, aunque aún, etc. (sin duda, desde la torre de marfil no se oye el ruido de la calle). En fin, palabras que fueran algo más que palabras. No, desde luego, una tibia continuación de su antecesor, si más vehemente en las formas (esa mano al corazón, ese aire contristado) absolutamente plano en el (no) fondo. Y eso que, según dijo, los españoles estamos, sucesión mediante, ante una nueva época en nuestra historia. La misma nueva época.

Pero feliz Navidad.

lunes, 22 de diciembre de 2014

SUMA Y SIGUE

–Papi, sumas.
–Quiere hacer sumas –me dice mi hermano al pasar, aparentando resignación pero complacido.
–Es que me toca.

Cinco años ya, y parece mentira, de esto:
 
SAVIA, SANGRE

                                              Es su mejor momento.
                                              Después del baño, espera las cosquillas.
                                              No se hace uno a la idea. ¿Te das cuenta?
                                              Algún día estas manos
                                              que hoy apenas abarcan nuestro índice
                                              buscarán su calor y su cuidado,
                                              sostendrán mi cabeza o sellarán tus párpados
                                              en el postrero lance.
                                              Y estos pies que parecen figuritas
     de mazapán, tan tiernos que apetece morderlos,
                                              ¿por qué ignotas regiones
                                              conducirán su duda y su consuelo? Don
                                              recíproco la savia que de nosotros bebe:
                                              por ella aprenderemos nuevamente
                                              los nombres de los pájaros, los árboles,
                                              el color, la textura, la sustancia
                                              de cuanto es. ¿Quién da la vida a quién?
                                              Como justo reverso nos advino    
                                              entrever otra arista, temible, de la muerte,           
                                              si más fuertes también más vulnerables.
                                              Hoy mejor te comprendo, padre, incondicional
                                              abrigo de la sangre en la pura intemperie.
 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

viernes, 12 de diciembre de 2014

LA PERSPECTIVA

Vistos desde la llanura transitada a diario, los poemas valen. Vistos desde la altura, no. Lo curioso es que nacieron en ella, de ella. De lo que se deduce que no hay una altura, ni dos cimas que ofrezcan la misma vista.


lunes, 8 de diciembre de 2014

LA TÓRTOLA

Eran ya y cuarto y A. no aparecía. Raro. Sus padres siempre avisan las pocas veces que falta a clase. Entonces se puede intentar mover una ficha para evitar esa hora muerta en mitad de la tarde y salir una hora antes, o entrar una hora después. Hay siempre, para estas ocasiones, algún libro de aforismos en el armario del aula. Así leí los de Lichtenberg el curso pasado, y estoy este con las Voces de Porchia, inagotables ambos. A veces lo llevo a la cafetería del centro. Pero la tarde estaba templada y apetecía respirar un poco. Tenía un poema en el telar y hay ocasiones que parecen propicias para la sugestión. Hay al lado del conservatorio una zona verde donde lo plantado convive con lo agreste que ya estaba antes, unas escobas, unos chopos o unas espadañas junto a una ciénaga. Cerca de allí están canalizando hacia la depuradora las aguas residuales que bajan de Zaratán. La zona de obras está vallada. Paseaba despacio por esos caminos cuando salió una tórtola de un falso plátano. La perdí de vista, pero enseguida escuché un ruido metálico. La paloma no había visto la valla y había chocado contra ella. Corrí hacia allí. Estaba del otro lado, despeluchada, posada sobre un releje con agua de lluvia. Tenía una herida muy fea en el cuello. Lo único que se movía eran sus párpados en cada pestañeo. Busqué el punto exacto donde había chocado. Unas plumas en una de las cuadrículas metálicas y algunas más a su pie indicaban el lugar. No se veía sangre, pero viendo a la tórtola, la herida parecía mortal. Me impresionó la expresión del animal, su impasibilidad. Ni un ruido, ni un movimiento. Daba la impresión de que había aceptado en apenas unos segundos que su vida terminaba. Tres milenios de filosofía se resumían en la limpieza de aquel dolor. El charquito sobre el que estaba iba enturbiándose con las primeras gotas de sangre que resbalaban por su pecho. Se iba recostando cada vez más. Yo la chistaba y le hacía aspavientos para que se moviera, para que no se abandonara, para que intentara luchar. A esto pasó una bici y se asustó. Echó a andar como pudo hacia unos cantos que habían amontonado. Se ocultó a mi vista y ya no supe más. Tenía que volver para la siguiente clase. Al salir, a las nueve, pasé por el lugar, pero a la poca luz no vi nada. Volví al día siguiente. Nada. Como los operarios estaban más arriba, casi en el campo de fútbol, levanté uno de los pivotes que separan dos verjas y llegué hasta el montón de piedras. No estaba. Di una vuelta alrededor hasta que sentí que me daban una voz y me fui. Acaso era lo más justo que el mayor de los misterios en misterio quedara.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

MONEDAS

“Vaya, vaya, ocho añazos”. Carmen asentía satisfecha. Tiene una cara redonda, muy simpática, porque ríe con toda ella, y lo hace a menudo. Cuando no lo ve claro se limita a suspirar, seria. ¿Qué duda tienes?, le digo entonces. Y sin decir palabra señala un calderón, o un puntillo. Estaba tocando una de las piezas de un método de iniciación con canciones populares que pergeñé hace unos años. Hacia el final el sonido empezó a temblar, y paró. “Cógelo aquí”. La miré mientras repetía el pasaje. Noté que, aunque luchaba contra ello, había algo que le hacía reír. Bajó la flauta y sonrió de esa manera que dije, como una luna llena. ¿Pero qué pasa, qué te hace gracia? Y señaló debajo del pentagrama, donde viene la letra de la canción, justo donde pone “matarilerilerile”. Nos reímos un buen rato los dos, contagiosamente. “¿Qué tontería, verdad?” Ella quería parar, pero no podía. A mí no me habría importado seguir así un rato, pues no hay mejor lubricante que la risa. Al final de cada arranque suspiraba, “Ah”, y volvía.
Después tuve clase con Alonso. Es un buen alumno. Venía temeroso. Había estado malo y no había podido tocar mucho. La clase anterior se había echado a llorar porque, confesó, no le salía bien el estudio de las apoyaturas. Al inicial alivio por la nula gravedad del asunto siguió la tristeza al pensar en la presión que el niño había soportado esos días por tan poca cosa, y en mi responsabilidad por haberse llegado a ello. Hablamos sobre a qué se venía al conservatorio, y le quité toda importancia al hecho de pasar o no los estudios. Parece que quedó tranquilo, pero una semana después entraba en clase con una preocupación similar.
    –¿Pero alguna vez te he echado una bronca?
    –Bueno, un poco.
    –Hombre, si no lo haces bien te lo tendré que decir, pero cuando lo haces bien también te lo digo, ¿no?
    –Psí.
Pensaba yo de qué manera podíamos fijar un marco de relaciones, por decirlo mal y pronto. Y él se me adelantó:
    –Como lo del doble picado.
    –¿Qué?
    –Sí, lo que me dices del doble picado, que no tiene que ser ni muy tuku ni muy dugu, que tiene que ser algo intermedio. Que ni echarme la bronca ni decirme siempre que bien.
Debí haber empezado por decir que Alonso tiene diez años y la inocencia intacta. Una inocencia, moneda de dos caras, risa y llanto, que acabará perdiendo. Pero ya que nos la quitan, cuánto nos va en que no se pierda del todo su valor, en que sea al menos canjeada (y ahí estamos todos) por esa otra, no sé si de menos valor, llamada naturalidad, cuando no por ese tesoro llamado bondad. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

VENDRÁN DÍAS

Vienen, sí, esos días negados, como unos calcetines del color de la pena, por no decir en la cesta de la ropa sucia, días contagiados por la niebla y la lluvia, de un cansancio sin causa, días sin su momento. Si estamos así en noviembre cómo llegaremos a junio, piensa uno. Y entonces, justo ahí, no olvidar que siempre acaban volviendo las mañanas de dulce sur que justifican el mundo, amarillas y azules como un lirio a deshora que nos lava la mirada, tardes templadas para el paseo lento, noches amplias que nos restituyen la plata centelleante del cielo; mañanas, tardes y noches con sus pequeños grandes placeres, si baratos impagables: el desayuno con periódico en la panadería del barrio, la biblioteca en bici, el Mondosonoro y los suplementos en el café donde suena mi aria favorita de Vivaldi o la belleza también temblorosa de las nuevas canciones de Röyksopp (y qué pocas veces las palabras habrán dicho tan bellamente como aquí lo que une a dos hermanos). ¿En qué poema cabrá tanta poesía?

lunes, 17 de noviembre de 2014

BROTES DE VICENTE GALLEGO

Las cosas naturales vuelven siempre, escribió Unamuno en endecasílabo memorable. En correspondencia, no es sino gratitud elemental que a ellas vuelva la poesía, en verso o en prosa, caso de Cuaderno de brotes, último libro de Vicente Gallego. 25 años han transcurrido desde La luz, de otra manera. Y cosa natural como ninguna es que los poemas del autor hayan ido modulando su voz de la mano del hombre, acompañando al poeta en su discurrir vital, en su decantación. Por eso, apreciando uno los libros primeros de Vicente Gallego, prefiere los últimos, libros y poemas de serena celebración. La reseña que sigue, publicada en el último número de Clarín, da más detallada cuenta de ello.


     

DONDE LA VIDA
Quizá desconcierte al lector de poesía abrir un libro de Vicente Gallego y encontrarse una disposición tipográfica a línea tirada. Si esto lo convierte o no en prosa poética es algo que yo no sé. Pero sí que no por ello contiene menos poesía. ¿Hemos de dudar de la entidad poética de este Cuaderno de brotes sólo porque el verso se esconda, por juego o timidez, para darse sólo a quien sabe escucharlo? Para el autor no sería difícil dar a la mayoría de los textos la apariencia del verso. En base a esto, sería un error considerar este libro distinto del anterior Mundo dentro del claro, con el que tanto comparte, y lamentable prestarle menos atención. Pero como las cuestiones de género o subgénero se revelan la mayoría de las veces anecdóticas cuando no latosísimas, más ganaremos haciendo notar la voluntad de estos poemas de fijar el instante. En ello recuerdan a las estampas japonesas. No es casual que las dos citas que abren el libro sean del pintor Shitao y del poeta Basho. A trazos descriptivos como los del rezo de la mantis, el despertar al día de los objetos del cuarto o la caída de los pétalos de una rosa siguen escenas en que el poeta busca las hierbas con que aderezar su alimento, poda un pino o masajea la espalda de su hijo. Entre unos y otras nos es revelada la rama común de estos brotes: “En cuanto encuentro unas horas disponibles, me meto en el bolsillo mi pequeño cuaderno y salgo a comer y beber campo, soles, aire lavado, porque algunas veces brota en la mañana una palabra verdadera, (…) esa palabra que nunca encontraré y por la que esta vida ha sido tan hermosa.” El paseo y el cuaderno, y con suerte los brotes. Pero estos ¿qué cuentan? Casi nada: lo que cuenta. El poeta hunde un brazo en el agua de un río, sale a la noche sola del monte y le da lo suyo a los sentidos. Por amor a lo pequeño es minucioso. Muchas veces pregunta (normal, ¿qué pregunta de ley tendrá respuesta?); otras interpela al romero, al sol, a la raposa que le hace una visita nocturna; siempre celebra. Vive para la revelación de la belleza, que es amor, y que está ahí en todo y para todos. “Pero no lo verá el que quiera hacer fuerza, el que vea un error en el curso del agua.” No hay nada que entender. Acepta el dolor como emisario del gozo. Como Whitman, uno de los poetas más incomprensiblemente preteridos de nuestro tiempo, se canta a sí mismo en lo suyo, mostrando una vez más las vergüenzas de la vieja y triste idea de que con la felicidad no es posible hacer buena literatura.

A brotes y ramas los sustenta la raíz de una poética que el autor fía a la lluvia, el fruto o el pájaro: “Si alguien quiere saber cómo escribo a estas alturas, le sugeriría que preguntara a la lluvia cómo cae, al fruto cómo crece. Escribo escribiendo, respiro respirando (...) No se hace poesía con el pensamiento, se hace con palabras sueltas, apenas con sonidos, escuchando los asomos musicales, dejándolos decirse y desdecirse, casi casi con nada.” Qué lejano este temperamento del de aquellos poemas locuaces y terminantes, urbanos y a menudo canallas de los libros que el autor deja fuera de la nota bibliográfica, poemas excelentes de otra manera, pero sin duda más epocales.
Uno de los valores a sumar a este libro es la frescura de sus imágenes: los árboles son maracas de la brisa, rasca los montes el fósforo del sol, que es también arpista del cabello, patinador del iris. Hay poemas de intimidad familiar en que el poeta se retrata con su hijo, su madre, su gato o algún amigo. Tampoco le niega el alma a los objetos. Pero los más numerosos son aquellos en los que busca su escondida senda, los que se abren a la hermandad del sol y de la lluvia (ante la que “todo asiente, y nadie sabe a qué verdad, qué poderío”), del viento y de la noche, una noche paseada, respirada (“esta gloria inmemorial de no terminársela con los ojos, este instantáneo cumplimiento”), y en especial del monte, “corazón abierto, espacio que no engaña”, “maternidad diáfana donde el alma no encuentra límites” y donde el poeta “saca agua del aljibe interior”.
Lean este Cuaderno de brotes los agoreros de la muerte de la naturaleza en la poesía. Pues ¿dónde estará mejor que aquí, donde la vida?