martes, 15 de agosto de 2017

DÍAS BAJO EL CIELO

Un libro. Un hombre que ha adoptado un pueblo, el de su mujer, y con él un paisaje, una luz, unas gentes, unas costumbres. Bien me conoce quien me regaló Días bajo el cielo. La edición, preciosa, es de Pepitas de calabaza. Su autor, José Ignacio Foronda. El asunto, su búsqueda de soledad, su querencia por los paseos lentos, su refugio lector, su resignación ante verbenas y dianas. Sólo tengo que cambiar la ribera del Duero por La Rioja. Se diría que son los mismos el cielo, la vegetación, el decadente paisaje físico y humano. Foronda, poeta autor de Libro de familia, explica aquí cómo fue naciendo este libro a la vez leve y con peso, en el mejor sentido de ambas palabras. De esto se trata:


No sé muy bien a qué he venido, pero aquí estoy. Aquí, sobre este cuaderno, en vez de estar ahí fuera, bajo el pino, con los demás.

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De los tres pinos el mayor es el que está solo. Dicen que es tan grande porque está más cerca del pozo, pero yo creo que está tan fuerte, tan hermoso, tan verde y tan lleno de vida porque a su sombra se desarrolla la parte hablada de los veranos de la familia.

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Fiestas de San Roque. Sólo me apetece leer. Ni siquiera me apetece pasear por los campos. Siempre igual: esta maldita misantropía, esta indiferencia, este silencio. Noto que tengo la voluntad anulada, o mejor, que sólo busco libro o soledad. Aquí no me siento dueño de mí sino atado a otras voluntades que obedezco por temor a ser ingrato, desagradecido, maleducado.

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Por el aire se esparce el olor de las uvas rotas y del mosto virgen. Ojalá se les grabe a los niños este olor en la memoria. Yo lo aprendí cuando G. me regaló este pueblo.

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¿Cómo vería estos campos si hubieran sido el lugar de los juegos de mi niñez? ¿Qué me dirían si la novedad que les busco o las sorpresas que me regalan fueran veladas o iluminadas por la memoria? Tal vez entonces no quisiera poner en ellos la pizca de poesía que intento darles, o tal vez estos campos -las piedras, las matas, los olivos, las viñas- hablarían de mí en vez de hacerlo de su verdad. Y por eso me alegro de no haber sido niño aquí: puedo ensayar la mirada.

viernes, 11 de agosto de 2017

PANEL, TÚNEL Y SEMITÚNEL

El mismo instinto que me llevaba a conducir más despacio cuando iban las niñas, tan cucas, en el huevo, me hace ahora acelerar. Y claro que no me gusta, pero el coro es a veces más insufrible que un sprechgesang a dúo. “¡Pitito, pitito!” [chupetito, chupetito], reclama Andrea entre crecientes sollozos. Mientras, Laura exige: “¡Túnel, túnel!” Cuando entramos en un túnel, la del pitito: “¡Calle, calle!”. Las piruetas persuasivas de su madre para capear el temporal, con una paciencia que me pasma, apenas logran mitigar la rebelión uno o dos minutos. Lo del túnel empezó como un recurso perfecto. En realidad anunciábamos un túnel cada vez que pasábamos bajo otra carretera o incluso un panel luminoso. Pero cuando llegaron los túneles de verdad ya no se conformaban con paneles: “¡No túnel, no túnel!”, denunciaban a coro. Les gustó  las primeras veces la idea del túnel vegetal que forma la unión de las ramas de los árboles a ambos lados de la calzada. Incluso atisbé por el retrovisor los ojos ilusionados de Andrea ante el anuncio de un semitúnel vegetal. Mañana nos vamos a Portugal. 6 horas de coche. Harase con nocturnidad.