miércoles, 5 de abril de 2017

PLURIEMPLEO



Una merced inesperada pero no pequeña que le debo a la paternidad es que mientras antes iba al trabajo como quien baja a la mina ahora voy, como quien dice, a descansar. Salgo de casa con tiempo. Los diez minutos de paseo hasta el conservatorio, además de ayudarme a bajar la comida, me procuran la necesaria porción de campo y cielo. Raro es el día que no veo al pito real, o al petirrojo, o unas cogujadas. Vienen ahora, además, los sucesivos aromas de la flor del almendro, la genista o las celindas, que aquí llaman azahar. Ya en el aula, escucho, me siento, me levanto, toco, bajo por un café, hablo con los alumnos… descanso, en definitiva, de la infantil tiranía –en clase sí mando yo, aunque luego no me hagan ni caso– a que estoy sujeto con Laura y Andrea por las mañanas.

Cuando éstas se dan bien acabo, como Víctor Botas en aquel poema, tan jodido y feliz como furcia de hotel en noche de congreso. Si se dan mal, no acabo feliz. Al final todo se resume en no enfadarse, en recordarse a uno mismo ante una rabieta, una envidiosa llantina o un sofá pintado con bolígrafo, que todo está bien, que están sanas, etcétera. Porque de ese empeño, el de no enfadarme, depende mi alegría y, colgando de ella, la de las niñas. El asidero moral al que me agarro para llegar a ella es condicionar mi estatura paterna, y de paso humana, a la siguiente proporcionalidad inversa: ésta será mayor cuantas menos veces me enfade. Y así vamos tirando.

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