miércoles, 4 de octubre de 2017

LAS ILUSIONES




Estaba la tarde muy mala para vendimiar, con un calor pesadote, sin pizca de aire. Ya no sabía si era mejor quitarme la gorra o dejarla puesta. Con el sol mayormente en el cogote y la visera hacia atrás, era escoger entre cangrejada en el occipucio o sudada caribeña. No está bueno el año. Mi suegro lo advertía cada vez que le preguntaba. “Buah, de esta… nada”. Como es la canción de cada año, yo no me creía una palabra, pues sobre el terreno, puestos en faena, siempre acabo oyéndole: “Pues el caso es que no está mala la viña, hay buenos racimos, sí”. Pero esta vez iba en serio. Donde el año pasado cogimos 9 cajas, este sacamos 2. La causa, una helada pavorosa en mayo y la falta de lluvias.
Éramos él y yo mano a mano, y eso lo hace menos entretenido. Que se cogiera menos uva no lo hacía más descansado. Al contrario: coge el canasto medio lleno y pósalo junto a una cepa con dos colgajos, vuelve a cogerlo hasta la siguiente, con medio racimo, y a posarlo, y así. Tampoco es cuestión de dejar los colgajos, pues si ya hay poco y no se cogen…, a más que “cuatro colgajos hacen un racimo”. Para más inri, los tallos estaban verdes, con lo que había que usar el garillo, lo que lo hace más lento. Y no me quejo más, que veo que mi suegro me está inculcando el fatalismo amarrategui del hombre del campo.
Yo tenía esa tarde una ilusión. No quería pensar en ello, pero esperaba una llamada. Sin embargo, a cada linio que caía iba viendo que no sería para mí. Entonces sonó el teléfono. No era la llamada que esperaba, pero daba cuenta de otra más limpia ilusión. “Sergio, hola, soy Clara”. Era mi alumna, esta alumna. Estaba eufórica porque le habían propuesto cantar con la guitarra algunas de sus canciones como telonera de un grupo. Llamaba por si me apetecía ir. Al guardar el móvil en el bolsillo, vi que había en la cepa que estaba vendimiando un pequeño nido con dos huevos sin abrir. Era una obra perfecta. Absorbido por mi preocupación, estaba cogiendo las uvas sin advertir en aquella maravilla que tenía a unos centímetros, en ese poema redondo. Qué derecho tenía a quejarme, yo que ya me daba a la dulce homilía de la autoconmiseración, ante aquellas dos vidas malogradas antes de ver la luz, ante tantos anhelos ahogados. Ahí había un poema, qué duda cabe, y vi entonces que no vale menos un poema que un libro.



1 comentario:

  1. Qué buen "alimento"la mezcla de sensibilidad y realismo narrativo.

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