lunes, 12 de diciembre de 2011

DEL COMER POCO Y MAL

Regresábamos a España después de una reparadora semana en Portugal. A los naturales encantos de aquel país, a la amabilidad de su gente y a su respeto por la tradición, añadiría yo la naturalidad en el acto de alimentarse, el no pretender convertir en arte la primera de nuestras necesidades. Allí uno puede comer por siete u ocho euros un prato do dia que incluye, además de una carne o un pescado con su guarnición de arroz, patatas o ensalada, la bebida y el postre, y a veces el café. Se me dirá que en España también tenemos nuestro menú del día, aunque a un precio algo mayor. La diferencia es que en Portugal la lacra de la nouvelle cuisine aún no se ha propagado allende los cenáculos finos, mientras que aquí siempre existe la amenaza de que el más remoto bar de carretera pretenda pasar por tal. Y ya sabemos que de elegante a hortera hay una raya de lápiz.

Regresábamos a España, decía, y lo avanzado de la hora nos llevó a tomar la salida hacia el primer restaurante que viéramos señalizado. Quiso el azar que diéramos con nuestras tripas en el Asador´s Jose, “la cuna del buen comer en el asador de los sibaritas”, según rezaba uno de los coloridos folletos promocionales que a la entrada del mismo había. Era un lugar incalificable. Al entrar quedamos boquiabiertos ante la pintoresca decoración que embutía cada rincón del inmenso y laberíntico local, en una suerte de horror vacui deudor del barroquizante atrezzo de los restaurantes chinos. Llamaban la atención, desde luego, las reproducciones de cartón piedra, algunas de tamaño natural, de un gorila aquí o una jirafa allá, pero destacaba el gran número de vacas pequeñas pintadas con colores chillones a las que hacía referencia el folleto: en un tamaño de letra mayor que el del propio nombre del restaurante se leía: “A POR EL GUINNESS. Asador´s Jose estará muy pronto en el libro Guinness de los récords no por las más de 200 vaquillas que hay en nuestros comedores, sino por sus más de 350 platos y su innovadora carta.” En la parte de atrás del díptico, que no tenía desperdicio, se leía una especie de poema encabezado por este estremecedor pareado: “Este Asador´s de amor, / este ligero beso de la tierra, que mi boca besa...” Y en las dos páginas interiores, los nombres de los diferentes salones (salón del sibarita, salón del glamour, salón del asadito, salón de la bodeguita y -no podía faltar- sala vip); la sorprendente oferta de carnes exóticas a la brasa (de cocodrilo, canguro, bisonte, camello, avestruz, ñu, caballo, cebra y potro); y las novedades, en las que, entre otras ocurrencias, nos llamó la atención la ensalada de pétalos de flores. Aún había espacio para una frase con ínfulas filosóficas, auténtica y temible declaración de intenciones, atribuida a una tal J.M.B. (imagino que el dueño del tinglado): “Si todos los hombres se alimentan, solamente unos pocos saben comer, y es con la reflexión, con el pensamiento como debemos elegir nuestros platos, y con la imaginación degustarlos”. Con todas estas tonterías nos íbamos poniendo en lo peor y tentándonos la cartera.

Dadas las dificultades planteadas para elegir plato de entre los cientos que había en dicha carta de Guinness, resolvimos pedir tres tablas y dos ensaladas, ante la preocupación patéticamente pintada en la cara de la camarera que nos sirvió, que nos aconsejaba que pidiéramos otra tabla más, pues creía que nos quedábamos “un poquito cortos”, consejo que no seguimos y cosa que no sucedió. Y eso que no contábamos con que la ensalada de gambas y etcétera tuviera el número mínimo de ellas para justificar ese plural, es decir, dos, ni con que el contenido de la otra hubiera cabido en un plato la mitad de grande. El problema, con todo, no era de cantidad. Como quiera que continuamente preguntaba cada empleado que pasaba por allí qué tal iba la cosa, hubo que acabar diciéndoles que la carne no era buena y estaba mal cocinada, ante lo cual lo único que se les ocurrió decirnos era que podían pasarla un poco más. Fue tal vez por ello que, al finalizar, se llegó hasta nuestra mesa un camarero con una botella de champán    -abierta- a la que invitaba la casa, invitación que no venía a cuento y que declinamos, pidiendo la cuenta.

Salimos del local hora y media después de haber entrado (enojoso retraso dado el largo camino que todavía teníamos por delante), habiéndonos gastado cada uno tres veces más que en Oporto el día anterior y execrando la plaga de restauradores modernos y artistizantes que no saben dar al cliente lo que quiere y se desviven por darle lo que no quiere, y que además -y es lo más insufrible- pretenden hacerle sentir tacaño para mayor beneficio.

        Como en esos restaurantes de menú donde, acabado el segundo plato, le preguntan a uno si va a tomar postre. Un día, como quiera que la comida había sido horrenda, contesté -mal hecho-: “Naturalmente que voy a tomar postre, ¿o no lo voy a pagar? Yo donde pago cago”.

 

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