El principio de El escritor, de Azorín, abre una generosa ventana a
los albores del proceso creativo de su autor. Mediado el volumen, el
protagonista, Antonio Quiroga, en cuya persona alienta el autor
mismo, narra su llegada a León. Se hospeda en el Hostal Robledo.
¿Existiría realmente el Hostal Robledo? De haber existido, ¿quién
podría hoy saber dónde caía? En el relato de uno de sus paseos
habla de unos álamos, a los que muy justamente llama tembladores,
y, en la misma página, de sus pláticas con “un fragüero, un
ebanista, un botero, varias zabarceras del mercado y diversos
pelantrines de la contorna”. “Todos parlan propia y
exactamente”, añade, y califica su estancia como cura de castellano.
Los álamos y el mercado. ¿Se referiría a la plaza del grano?
Tantas veces le
llevaron los pasos de uno hacia esa plaza que no podría ya pasar
sin esa vieja costumbre. Allí como que enlentece la vida su curso y
entra uno en comunión con un pasado cuyo aliento siente
más cercano. Apoyado entonces en uno de los soportales de negrillo,
o sentado sobre el pretil de la fuente, o a los pies de la cruz de la
virgen, antiguo cadalso, encuentra un ámbito fecundo para sus
ensoñaciones. Siempre hay algún peregrino que anota la jornada en
su diario o algún anciano que cruza ligero como una sombra, sin
levantar la vista.
Leo en la prensa que el ayuntamiento ha aprobado la remodelación
de la plaza con el pretexto de mejorar la movilidad. Ya el anterior
alcalde amenazó con hacerlo. Entonces se llegó a
insinuar la necesidad de sustituir el suelo de cantos de río, de
origen medieval, por adoquín actual. No hubo tiempo para perpetrar
el crimen. Entre los planes de la corporación entrante figura el de instalar un velador de invierno y pasarelas de loseta
que supondrían la eliminación de parte del empedrado original. A
uno le parece que la movilidad, si se quiere evitar los cantos, es
perfectamente factible transitando por los lados de la plaza, donde
hay acera, y en el peor de los casos rodeándola por las calles
adyacentes. La plaza no necesita una remodelación, sino una conservación
regular y razonable por parte de todos, políticos y ciudadanos. Los
primeros no han mostrado ningún interés en frenar su deterioro
(hace treinta años que no se la toca). Al contrario, se instalan en
ella carpas durante las fiestas de la ciudad o de la Aparición de la
Virgen, o se derriban casas como la única que aún descansaba sobre
soportales de negrillo. Ya se dejó caer literalmente, hace poco, el interior del Palacio de Don Gutierre. Y respecto a los ciudadanos... Ah, los
ciudadanos. Los sillares y hasta los angelotes de la fuente, de
1789, han sufrido pintadas que en años nadie se ha encargado de
limpiar. Algunos jóvenes encuentran divertimento en arrancar cantos
del suelo y arrojarlos al agua. ¿Cuántas veces, en el tempranero paseo del
sábado, no la vimos arrasada por los restos del botellón, las bolsas
destripadas, las botellas flotando en el agua de la fuente o echas
añicos entre los cantos, los bancos pegajosos de alcohol? ¿Qué
pensarán de nosotros los peregrinos que hacen noche en la hospedería
de la plaza al salir al alba y ver así desolado el acogedor rincón
del mundo donde la tarde anterior se abandonaron a recuerdos y
sueños, en un próspero diálogo con los siglos?
Pienso en Azorín, en Unamuno, en Machado, en el Padre Isla. Los imagino en esta plaza viendo pasar la vida, hablando con unos y otros, mezclados entre el lenguaz trajín, entre las bestias. Uno sólo quiere que le dejen seguir comunicándose a su manera con ellos y consigo, que le dejen soñar tranquilo.
Pienso en Azorín, en Unamuno, en Machado, en el Padre Isla. Los imagino en esta plaza viendo pasar la vida, hablando con unos y otros, mezclados entre el lenguaz trajín, entre las bestias. Uno sólo quiere que le dejen seguir comunicándose a su manera con ellos y consigo, que le dejen soñar tranquilo.
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